domingo, 14 de septiembre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 14 DE SEPTIEMBRE DE 2014SIETE DÍAS/6
 

Siete Días

Dos impotencias se balanceaban 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


ay escasez. La gente hace larguísimas colas frente a los supermercados a la caza de los productos perdidos. Harina, papel tualé, leche, pollo. Por largos días nada llega. Pero al final algo aparece y hay consuelo. No hay hambruna, recuerda alguien, como las de África o de China.

El gobierno trata de imponer un "captahuellas biométrico" ­así llaman el dispositivo­ en tiendas y supermercados para regular qué y cuánto pueden comprar cada persona. Que es sólo una medida preventiva, advierten los rojos. No una tarjeta de racionamiento, como la de los países comunistas. Aún no.

En una espiral que crece exponencialmente, los venezolanos por montones emigran del país.

1.600.000, 6% de la población se calcula, ya ha dicho adiós. Pero la mayoría lo hace por avión y pasaporte legal. No se ha visto a nadie escapando, como los cubanos, en una frágil balsa hecha con neumáticos, exponiendo la vida en la tétrica oscuridad de la noche en alta mar. Si se consiguen pasajes, se puede salir libremente. Todavía.

El promedio de personas asesinadas por año, la mayoría con armas de fuego, supera desde 2011 el número de 20.000. Pero no hay una guerra civil. No nos estamos matando en dos ejércitos, como los sandinistas y la contra. Claro, comparando las cifra salimos perdiendo. En la guerra de Nicaragua, en unos 6 o 7 años, murieron poco más de 30.000 personas. En cambio, sólo el año pasado en Venezuela, asesinaron 23.763. Pero guerra, que se diga guerra oficialmente declarada, no hay.

Tampoco estadios convertidos en campos de concentración, ni Caravanas de la muerte, como las de Pinochet. Pero en los tres meses que duraron las protestas populares conocidas como "La salida", murieron 47 personas, una buena parte de de ellas abaleadas ­así lo registraron las cámaras de los celulares­ por miembros de los grupos paramilitares gubernamentales conocidos como "colectivos". Según el Foro Penal, más de 3.000 venezolanos pasaron por los calabozos de cárceles comunes acusados de terrorismo, de los cuales 1948 fueron puestos en libertad pero con medidas cautelares, 117 siguen detenidos y, según Provea, al menos 135 fueron torturados en los centros de detención.

La Constitución garantiza la libre actividad de los partidos políticos, pero el gobierno le declaró una guerra de extinción a Voluntad Popular. Su sede central es allanada con frecuencia. Leopoldo López, su líder máximo está preso, declarado culpable públicamente antes del juicio por el presidente espurio. Dos de sus dirigentes más importantes han tenido que huir del país para no correr la misma suerte. Igual que lo han hecho una centenar de activistas y dirigentes de otras organizaciones de la alternativa democrática. Pero, en términos legales, no hay partidos proscritos. Todavía no.

Chávez amenazaba todos los días al imperio. Le declaraba la guerra. Satanizaba al capitalismo. Pero nunca le negó un solo barril de petróleo. El combustible venezolano hacía volar los aviones gringos que bombardearon a Irak y su amigo Hussein. Estatizaciones más, expropiaciones menos, el capitalismo en Venezuela sigue vivo. La economía socialista es sólo un deseo.

Una anuncio publicitario. El dólar paralelo marca la economía real. Hasta nuevo aviso.

Es la ambigüedad en la que vivimos. Dos impotencias. La de los rojos, cada vez más extraviados, que escudan su ineptitud para construir el cielo en la tierra transfiriendo la culpa a las guerras, especialmente la económica, desatadas en su contra por imperio, la oligarquía nacional y la oposición. Y, la de la alternativa democrática, que no logra construir un proyecto de futuro capaz de convocar la voluntad política de masas ni conciliar la postura de quienes postulan seguir haciendo política como si estuviésemos en democracia y la de quienes creen que es una pérdida de tiempo porque hace rato que la democracia desapareció.

Nada fácil. Las tiranías ya no son como antes. Los demócratas tienen muchos dilemas que resolver. No es sólo un tema de acción. El pensamiento también existe.

 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Dios no nació en Sabaneta

Si María Estrella Uribe, con el propósito de alabar al Comandante Supremo, como llaman sus fieles a Hugo Chávez, no hubiese modificado el Padre Nuestro sino un versículo del Corán, y lo hubiese leído públicamente no en Venezuela sino en algún país donde opere el Estado Islámico, para el momento de escribir estas líneas hace rato que debería haberse quedado sin cabeza. Con transmisión en vivo y a manos de alguno de los fanáticos yihadistas que se han especializado en degollamientos globales de herejes.
La señora Uribe es la autora de “La oración del delegado”, una versión del Padre Nuestro en la que se sustituye la figura de Dios por la de Hugo Chávez, “que estás en el cielo, en la tierra y en los mares” dice el rezo, y en la que se le ruega al conductor del golpe militar de 1992: “Danos hoy tu luz para que nos guíe todos los días y no nos dejes caer en la tentación del capitalismo, mas líbranos de la maldad, la oligarquía y el delito del contrabando, por los siglos de los siglos. Amén”.
Parece un mal chiste. Pero no lo es. Al final de un Congreso del PSUV, la autora fue llamada al presídium a leer, conmovida, la oración bajo la mirada aprobatoria de su alta dirigencia y el aplauso frenético de los más de 2.000 delegados, todos y cada uno uniformemente vestidos de rojo, convirtiéndola así en un texto oficial.
Para un creyente, el Padre Nuestro, como el Credo, son sagrados. La oración a Chávez, por tanto, se convierte en una burla y un irrespeto a su fe. Así lo ha explicado por estos días el Arzobispado de Caracas en un comunicado público. “El Padre Nuestro –dice el comunicado– proviene de los mismos labios de Nuestro Señor Jesucristo en el Sermón de la Montaña (Mt. 6,9-13), y por ello es intocable. Así como a nadie se le permitiría cambiar la letra del Himno Nacional para honrar a una persona, tampoco a nadie es lícito cambiar el Padre Nuestro o alguna otra oración cristiana”. Luego el documento concluye: “Quien dijera esta nueva e indebida versión del Padre Nuestro estaría cometiendo el pecado de idolatría, por atribuir a una persona humana cualidad o acciones propias de Dios”.
Es la interpretación religiosa del hecho. Que, dogma teológico aparte, en su segunda parte no dista mucho de una lectura sociológica. La perversión mayor de “La oración del delegado”, y la de todas las operaciones de culto a la personalidad, es “atribuir a una persona humana cualidad o acciones propias de Dios”. O de superhéroes, podríamos agregar.
No es nada nuevo. Kim Il-sung, el dictador coreano se hacía llamar oficialmente “Nuestro padre celestial”. Stalin, en versión más popular, era “el Padrecito”. Y Leni Riefenstahl, cineasta oficial del nazismo, enEl triunfo de la voluntad, un documental sobre el Congreso del Partido Nacionalsocialista en 1934, arma una secuencia del avión del führer arribando a Nuremberg que, con música de Wagner atrás, intenta hacer sentir a los creyentes que se trata del mismísimo Dios brotando entre las nubes.
Como no solo quieren el poder, también poseer el corazón, las creencias y la fe de los ciudadanos, los modelos totalitarios hacen cualquier cosa para lograrlo, incluyendo el culto al Jefe Único. En América Latina ya conocíamos el de Fidel y, un poco más un poco menos, los de Perón y Evita. Pero ninguno de ellos había llegado a los desafueros mística y grotescamente manipuladores del chavismo.
Venezuela se va llenado de capillas con avisos de entrada “Altar a Santo Chávez”; murales con las Tres Divinas Personas: Cristo, Bolívar y Chávez, y; de versiones pictóricas de La Última Cena en donde Chávez ocupa el lugar de Jesús y Marx, el Che, Fidel y hasta Marulanda, el jefe guerrillero colombiano, el de los apóstoles.
Esta semana, luego de ver a Uribe rezando “La oración del delegado”, y a Maduro ahogándose sin salvación en la acuosidad babosa de su propia retórica, terminé de comprender por qué hay quienes creen que Venezuela ya no es una república sino un sanatorio mental donde los pacientes tomaron el control y aseguran que los médicos están locos.

domingo, 31 de agosto de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 31 DE AGOSTO DE 2014SIETE DÍAS/6
 

Siete Días

Dos países 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o somos los primeros. Ni seremos los últimos.

Otros lo han vivido igual. Los cubanos exiliados en masa por el comunismo. Los españoles por la Guerra civil. Argentinos, chilenos y uruguayos por las dictaduras militares. Colombianos por la saga pobreza, guerrilla, paracos, narcos.

Ahora somos los venezolanos quienes nos sabemos dos grupos humanos. Uno, que vive y seguirá viviendo dentro de la geografía que lleva por nombre Venezuela. Y otro, cada vez más numeroso, que hace o hará una nueva vida nueva fuera del territorio nacional. Los que se van.

Las estadísticas se hacen innecesarias cuando el peso de la realidad te abruma. Y en Panamá ­una ciudad modesta que lleva en el pecho un enclave de alucinante arquitectura a lo dowtown de Houston­ la presencia de los inmigrantes venezolanos es más que notoria. Una verdadera invasión, dicen algunos. Mucho más evidente, quizás por el tamaño de la ciudad y el país, que en Miami o Madrid. Dos de los otros destinos favoritos.

En una semana de visita tuve la oportunidad de conversar con muchos. Escuché relatos trágicos explicando la huida. Sencillos: "Pasé dos años buscado un apartamento en alquiler. Nunca lo conseguí al precio que podía pagar.

Aquí, en un semana". Crueles: "A mi hijo de 4 años una bestia le puso una pistola en la cabeza para quitarle un Nintendo". Cinematográficos: "Una joven de 16 años estuvo secuestrada dos meses. Su padre, un millonario, contrató un escuadrón israelí para rescatarla y se encontró con que el jefe de la banda era un general chavista activo.

Ahora viven aquí". Duros: "Tuve que atropellar a una mujer que se me atravesó en la madrugada apuntándome desde una moto y como en la Venezuela chavista no hay seguridad jurídica, me di a la fuga. Compré un pasaje y aquí estoy. Mis hijos salen a la calle sin miedo" Los emigrantes venezolanos que conocí efectivamente están comenzando una nueva vida. Tienen formación, capacidad de trabajo y, algunos, capitales.

Me encontré con músicos de excelencia, producto del Sistema de Orquestas, dando clases en colegios prestigiosos. Posgraduados de las becas Ayacucho, expulsados por el sectarismo rojo luego de años de servicio al Estado venezolano, convertidos ahora en prósperos empresarios. Jóvenes profesionales comenzando una carrera que en Venezuela no pudieron concretar. Comerciantes exitosos desarrollando con entusiasmo una segunda oportunidad.

Sus sentimientos hacia Venezuela varían. Hay quienes la "nostalgian", para usar el verbo de mi vecino de página. Otros aguardan pacientemente que se vayan, o que caigan, los rojos y cese la violencia, para entonces regresar. Pero me impresionaron notablemente, me perturbaron sería la palabra correcta, aquellos que -como los amantes engañados- odian al país con saña. "Perdóname, pero quisiera olvidar que nací allí, hacerme colombiano o panameño, borrar a Venezuela para siempre de mi corazón", me dijo alguien que apenas roza los 40 años de vida pero debe tener unos 500 de desilusión.

Toda migración masiva genera conflictos. En unos casos, desprecios. "Sudacas" llamaban en España a los trabajadores suramericanos emigrantes.

"Euracas" llaman ahora en Ecuador, a los españoles que por montones están haciendo el viaje inverso. Y, aunque no tienen un mote particular, o por lo menos no lo conocí, en Panamá se cuece a fuego lento una explícita antipatía, en algunos casos muy bien ganada, hacia lo que los nacionales consideran arrogancia, petulancia y malas maneras de la migración venezolana.

Digo "en algunos casos bien ganada" porque, aunque ninguno de los  que traté responde a ese perfil, y agradecen a Panamá y a los panameños su hospitalidad, existe un cierto tipo de venezolano déspota, clase media acomodada ­de los de antes o de los nuevos, los boliburgueses­, una estirpe de nuevos ricos "echones", que compensó sus carencias humanas con ropa,  accesorios de marca y el tamaño de las camionetas 4X4. Si en Venezuela ya son insoportables, hay que imaginar cuán odiosos deben resultar de migrantes en otro lugar.

En eso, también, somos dos países.

domingo, 17 de agosto de 2014

Tragedia colectiva

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Haber contado, en esta misma página, el domingo pasado, un incidente de atraco del que fui victima, me ha permitido corroborar personalmente el grado de desesperación que genera entre los venezolanos el clima de inseguridad y el asedio de la violencia, el robo y el homicidio, que se vive en todo el país sin distingos de clase, edad o sexo.
Es como una epidemia cruel. Durante toda la semana, fui recibiendo mensajes de todo tipo. Desde personas, incluyendo amigos cercanos, que me expresaban su solidaridad ante lo ocurrido, acto que agradezco, hasta, y esto es lo más importante sociológicamente hablando, otras que contaban las experiencias traumáticas que ello mismos o familiares y amigos cercanos han vivido en el terreno de los atracos, robos, secuestros y asesinatos cometidos por delincuentes armados.
Ha sido como una avalancha. Algunos dicen más o menos así “Señor Hernández, lamento lo que ha vivido pero permítame decirle que a mi hijo le ocurrió lo mismo sólo que quienes le pusieron la pistola en la sien eran uniformados. Por eso se fue, ahora vive en Australia”. El texto se repite, como un calco. Lo que varía son las ciudades donde ocurrió el hecho y aquellas a donde emigraron. “A mi hermano lo secuestraron en Valencia y ahora está en Panamá”. “Yo recibí un tiro en un robo en San Cristóbal y ahora vivo en Miami”. Y así sucesivamente.
Lo que me ocurrió, y conté en esa columna, no fue otra cosa que vivir en carne propia lo que obviamente es una tragedia colectiva. Según los estudiosos del tema, a diferencia del resto de países de América Latina donde la gente emigra básicamente por razones económicas, la mayoría de los venezolanos lo hacen huyendo de la inseguridad. Tanto la que genera la violencia delincuencial como la inseguridad jurídica y la amenaza a las propiedades –viviendas, fábricas, empresas agropecuarias– que el régimen chavista ha promovido a lo largo y ancho del país.
Por eso la migración venezolana es fundamentalmente de profesionales universitarios. No de mano de obra barata. Tuve, por esta semana que hoy concluye, la oportunidad de conversar con el sociólogo Tomás Páez, quien viene desarrollado una investigación entre los venezolanos que han emigrado –1.600.000, 6% de la población, según sus cálculos– y me explicó que en una encuesta que aún procesa la mayoría son profesionales universitarios y cerca de 40% con estudios de tercer nivel.
Es como una estampida. Basta pasar en Caracas frente a las embajadas y consulados de España, Italia o Estados Unidos, o presenciar las colas que se hacen en las oficinas de la Plaza del Rectorado de la UCV de gente solicitando sus notas certificadas, para verificar el fenómeno de huida colectiva de un país.
Lo curiosos es el más que obvio desinterés del gobierno rojo ante el fenómeno que ha segado, en estos últimos catorce años de desgracia nacional, la vida de 200.000 venezolanos. No ha habido en estos largos años un solo gesto, una iniciativa de aliento grande, un programa de alianza nacional, para enfrentar lo que sin duda es una de las más grandes calamidades que ha vivido Venezuela en toda su historia republicana.
Hugo Chávez, un hombre que hablaba de cualquier cosa y largamente, que podía pasar horas dando lecciones sobre química cuántica, lingüística degenerativa o el papel de la electricidad en la Nueva Política Económica de Lenin, eludió de manera sistemática el tema durante los catorce años que estuvo al frente del gobierno. Ni siquiera lo mencionaba. A sus ojos no existía. Recibió el país en 1999 con una cifra ya alta de homicidios, 4.550 ocurrieron en 1998, y lo entrego cuando la muerte vino por él, con la cifra quintuplicada de 20.000 homicidios en el año 2012. Ese es uno de sus más importantes legados.
Parece que el teniente Diosdado Cabello ha dicho que a quien no le guste la inseguridad que se vaya del país. Mucha gente lo ha hecho. Pero, para su desgracia, mucha otra no y actúa políticamente tratando de liberar a Venezuela de la epidemia de asesinatos. Y, por supuesto, del Estado malandro.

domingo, 10 de agosto de 2014

Patria y muerte

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Aunque Gardel haya predicado lo contrario, diez, quince o treinta segundos pueden ser una eternidad. Lo entiendo a plenitud el lunes pasado cuando me percato de la cercanía mortal de una pistola más grande que el rostro del adolescente que me apunta mientras me pide el reloj, el celular y la cartera.
Está ocurriendo a plena luz del día. Tres o cuatro de la tarde. Final de la avenida Casanova. Caracas. Estoy tras el volante de uno de los muchos vehículos hace rato detenidos por la descomunal tranca. A pocos metros, en la esquina, cuatro policías bolivarianos conversan distraídos.
“No uso reloj, no llevo cartera, pero tengo dinero en el bolsillo”, le digo, con el poco de voz que el miedo permite. “El celular está en la chaqueta, en el puesto de atrás”, agrego. Y cuando me vuelvo a buscarlo para entregárselos, el adolescente, flanqueado por dos más, escupe: “Si te mueves te quemo” y hace como que va a apretar el gatillo.
Entonces comprendo la gravedad de la situación. Porque el adolescente está tan asustado como yo. La pistola tiembla entre sus manos. Entro en crisis y trato de calmarlo para calmarme a mí mismo. Recuerdo escenas de Diles que no me maten de Freddy Siso cuando el personaje interpretado por Asdrúbal Meléndez implora de rodillas por su vida.
Cierro los ojos esperando el pistoletazo y pienso alocadamente. En los amigos que nos ruegan que emigremos del país. En Y salimos a matar gente, el libro de Alejandro MorenoEn la ironía de que hace años, en 1993, participé desde la UCAB en uno de los primero estudios que alertaba sobre el crecimiento exponencial del homicidio y la barbarie, publicado luego bajo el título de La violencia en Venezuela, y ahora, me digo, estoy a punto de convertirme en solo una cifra más, un objeto y no un sujeto de estudio.
Como en un flashback final, largo y melancólico, decenas de rostros se atropellan en la memoria. Los amigos, los panas inolvidables. Los padres y los hermanos. Las mujeres que he amado, hermanas, amigas, novias. Pienso que Marianella me está esperando. En Rut y en Eleonora. En Isira. Incluso en Teo, nuestro perrito fiel. Y, al final, como una pesadilla diabólica se atraviesa aquella escena de ese fracaso sin retorno llamado Andrés Izarra, ministro oficialista, carcajeándose ante las cámaras de CNN para burlarse de los muertos, de las cifras de homicidios que con rigurosidad científica aportaba esa noche el sociólogo Briceño León.
En cinco minutos la vida es eterna, cantaba Víctor Jara. Entonces, como si de un arcángel se tratara, el tercero de los adolescentes, el que parece mayor, le dice al que tiene el dedo en el gatillo: “No dispares, este hijo de… está muy nervioso y nos va a meter en un peo”. Y corren.
El conductor del carro de adelante le avisa a los policías de la esquina. Los cuatro se acercan. Caminan lentamente. Como quien está de vacaciones. Uno de ellos, la mujer, me pregunta: “¿Es verdad que lo atracaron con un arma? ¿Quiere poner la denuncia?”. No le respondo. Los miro en silencio, como hace alguien que sabe que está siendo tomado por tonto. “Si no quiere que lo ayudemos, entonces jódase”, dice y me dan la espalda.
Mientras los veo alejarse una tonelada de adolorida tristeza y desamparo infinito me aplasta contra el volante que abrazo. El dolor de recodar que solo en Caracas han ingresado a la morgue de Bello Monte, en lo que va de año, 2.900 cadáveres de venezolanos asesinados. Que en el año 2013 murieron en las mismas condiciones, la mayoría abaleada, 25.000 personas. Y que en los catorce años de gobierno rojo el acumulado de asesinatos asciende a 200.000.
Veo la espalda de los cuatro pusilánimes de uniforme verdinegro y pienso que los venezolanos de estos tiempos somos unos desamparados. Que no tenemos un Estado que nos garantice el derecho a la vida. Ni policías que nos protejan. Jueces que castiguen a los criminales. Cárceles dignas donde se les reeduque. Pienso, de acuerdo a la propaganda oficial, que lo único que tenemos es patria. O muerte. O, mejor, patria y muerte.

domingo, 13 de julio de 2014

TULIO HERNÁNDEZ
Planeta fútbol

13 DE JULIO 2014 - 00:01
Tal vez sea por lo fácil de entender. Cualquiera, sin entrenamiento previo, capta de inmediato que el objetivo es meter el balón en el arco del equipo contrario. Así de simple. No hay figuras complejas como el strike, esa abstracción que ocurre cuando la pelota atraviesa por un rectángulo imaginario dibujado en el espacio.
O quizás, como decía el filósofo Juan Nuño, sea por el hecho de que el tiempo del juego es igual al de la calle. Los noventa minutos establecidos son exactamente los mismos que los de la vida real. Cuando el final se aproxima y los minutos se agotan ocurre como con la muerte. No hay manera de impedirlo.
No es como en otros deportes donde el tiempo no existe o se puede estirar o acortar a discreción. Como una banda elástica. En el beisbol nadie mira el reloj. El tiempo lo marca el pitcher. Pone el pie en el boxy comienza. Lo retira y se paraliza.
También se le puede atribuir al hecho de que ningún otro deporte escenifica mejor aquello de la sublimación de la guerra. Cada equipo tiene su territorio. El otro lo va a invadir. Si le mete el balón en el arco ocurre algo así como un misil que da en el blanco. Una suerte de vejación. No hay nada más parecido al fusilamiento que un penalti. Y el campo de batalla es inmenso, como un país.
Por lo pequeñas, no se puede escenificar la guerra en una cancha de básquet o de voleibol. Menos en el beisbol o en el golf donde los competidores, como en la democracia, se alternan en el uso del mismo terreno. No hay conquista. Los goles se hacen penetrando el terreno del contrario, las carreras en cambio son una especie de viaje épico sembrado de obstáculos que el bateador debe sortear para regresar triunfante a casa.
Es freudiano. Un gol es siempre una penetración. Generalmente dramática. El arquero suele quedar tirado en el piso, humillado, y cada gol se celebra con efusión. El penetrador salta, corre, grita, se retuerce, incluso llora, como en un orgasmo compartido con el resto del equipo y con lo que ahora se ha dado en llamar el jugador numero doce, los hinchas.
No importa cuáles sean las razones que lo explican, hoy todos sabemos que el fútbol se ha convertido en el gran deporte planetario y los futbolistas destacados, en los nuevos ídolos de la sociedad global. Los fanáticos más extremos lo resumen así: “Hay dos tipos de deportes, el fútbol y los demás”. Y no les falta razón. Con mayor o menor presencia en algunos lugares claves del planeta, como Estados Unidos y China, el fútbol se ha convertido en el deporte capaz de convocar el mayor número de personas en torno a una competencia entre equipos que representan con emoción profunda al Estado-nación. Algo que ni siquiera los juegos olímpicos pueden lograr.
Hoy domingo por la tarde, cuando este artículo tendrá horas de haber sido publicado, millones de ciudadanos de todos los continentes, como en una ceremonia religiosa globalizada, estarán reunidos frente a millones de pantallas de televisión esperando el encuentro entre América y Europa, Argentina y Alemania.
Y mañana, millares de textos circularán en la prensa y las redes sociales, intentando explicar otro episodio más de un fenómeno que se ha vuelto teológico. Uno de sus sacerdotes, Juan Villoro, ha escrito que Dios es redondo. Maradona acuñó aquello de “la mano de Dios” y en Argentina algunos lo tratan como tal. Los capos colombianos del narcotráfico, en la búsqueda de la beatificación, se hicieron de equipos de fútbol. El de Pablo Escobar, el Atlético Nacional de Medellín, en 1989, conquistó por primera vez para un club colombiano la Copa Libertadores de América. Un juego de las eliminatorias para el Mundial de México, en 1970, fue el detonante de una guerra entre El Salvador y Honduras. En Brasil salieron días atrás a quemar autobuses y saquear tiendas solo porque su equipo nacional fue humillado por los siete goles del equipo alemán.
Es el fútbol, esa próspera maquinaria de fabricación de dioses terrenales, que se mueve –como casi toda aventura humana– entre el esplendor y la miseria.


domingo, 6 de julio de 2014

Tiempos de desconfianza

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El pasado domingo 22 de junio, en horas de la tarde, me encontré en Facebook una advertencia del sociólogo Luis Gómez Calcaño a propósito de “Sí hay salida a la crisis”, el manifiesto publicado ese día en la prensa nacional. El agudo investigador del Cendes-UCV escribió: “Sólo me extraña que Tulio Hernández aparezca entre los firmantes”.
De inmediato respondí que el Tulio Hernández que aparecía firmando no era el mismo autor de esta columna, que efectivamente yo no había firmado ese documento y que ni siquiera a esa hora de la tarde conocía su contenido porque no había leído aún la prensa dominical.
Rápidamente recibí una llamada de los promotores del manifiesto presentando convincentes disculpas por la confusión y ofreciéndose a realizar de inmediato una aclaratoria pública. Acepté con gusto las disculpas, pero me pareció poco oportuno hacer aclaratoria alguna. Al día siguiente, la diputada Machado, una de las promotoras del manifiesto, debía presentarse ante los tribunales para declarar a propósito de esa ópera bufa llamada “magnicidio” y me pareció incorrecto hacer ruido a lo más importante de esos días: apoyarla en su lucha contra el abuso de poder rojo.
Han pasado varias semanas y prácticamente todos lo días me encuentro con alguien que me interpela sobre la firma. Algunos de manera educada, con sincera curiosidad. Otros, los menos, sin detenerse a preguntar qué pasó, con una preocupante dosis de agresividad. Sin dejarme explicar actúan como un católico cerrero que me encontró entre los “abajofirmantes” en un documento de apoyo al matrimonio gay o como un comunista trasnochado, “mamertos” los llaman gráficamente en Colombia, que me vio tomando a escondidas Coca-Cola en Miami.
Lo que ha ocurrido desde entonces ha sido interesante. Me ha servido para constatar en piel propia la manera como una parte, no se cuán grande, de los demócratas que adversan el proyecto militarista rojo han sido igualmente atrapados por, junto al miedo, el sentimiento dominante en la sociedad venezolana: la desconfianza. Que es madre y partera de la intolerancia.
No importa si se trata de aquel que cuenta que un mesonero del Este de Caracas, que es su amigo, presenció dos días antes del diálogo en Miraflores el momento cuando “Pedro Carreño le pasó a Ramón Guillermo Aveledo por debajo de la mesa un maletín repleto de dólares”. O del otro que, con cara de semiólogo en tribunal, nos explica el “arreglo obvio” que hay en el carcelazo a Leopoldo López, y detalla el cariño protector con el que lo abrazaba el general a quien se entregó, el hecho de que no lo esposaran, el megáfono que le dieron para que se dirigiera a la multitud. Mucho gato encerrado, dicen ambos.
En un sociedad en la que cada vez menos personas están dispuestas a cumplir las normas; en donde la mayoría ni siquiera las conoce y, por tanto, no puede distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo ilegal y lo contrario, y donde el presidente de la república, espurio pero presidente, informa que se robaron 20.000 millones de dólares y no abre un proceso de gran escala para identificar quiénes desde el aparato de poder lo permitieron, obviamente es muy difícil liberarse de la desconfianza.
Pero, obviamente también, si los demócratas queremos construir un proyecto alterno, que libere al país de la debacle heredada de la segunda etapa del bipartidismo y de la degradación moral del chavismo, hacer un esfuerzo por cultivar la confianza como base para la construcción de la nueva mayoría no es una opción, es una obligación.
Cómo se puede condenar a los rojos por su negativa al diálogo si no somos capaces de tenerlo sinceramente entre nosotros. Y para que el diálogo exista tiene que ser hecho sobre ideas, concepciones, proyectos, visiones de futuro, diagnósticos certeros sobre el tipo de poder al que nos enfrentamos. Lo demás es lectura de encuestas, listas y cálculo electoral, recursos útiles en una sociedad sana pero insuficientes y suicidas en una donde la democracia está entubada, respirando apenas, en la sala de terapia intensiva.