domingo, 22 de marzo de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 22 DE MARZO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

Las muñecas también lloran
"Brito era un gran etnógrafo 
de lo invisible.
Fotografiaba lo no evidente"



TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


la entrada de nuestro apartamento cuelga discretamente un enigmático retrato a color de una de las legendarias muñecas de Armando Reverón, el gran pintor del siglo XX venezolano. Las muñecas han alimentado grandemente la leyenda de exotismo y locura que se tejió alrededor del artista que se hizo ermitaño y austero en su Castillete de Macuto mucho antes de que los hippies entraran en escena. No son, por supuesto, muñecas "bonitas", como esas industriales con las que juegan las niñas urbanas. Son extrañas figuras de tamaño natural, hechas con telas de desecho, que acompañaban a Reverón en la intimidad de su hogar.

El autor de este retrato a color es Luis Brito, "El Gusano", como le conocíamos sus amigos, uno de los más grandes y prolíficos fotógrafos de la Venezuela contemporánea quien, para dolor de muchos, partió de este mundo dos semanas atrás víctima de un infarto fulminante.

El retrato tiene algo de aparición. De dulce fantasmagoría. La mirada del fotógrafo ha cortado la figura a la altura del torso. No vemos su cabeza, sus hombros, ni sus senos. Vemos la muñeca sentada, solitaria, como suspendida en el aire sobre un fondo absolutamente negro. Las manos y las piernas hechas de telas y formas toscas tienen el gesto de quien está a la espera o se dispone a levantarse. Una transparente falda de liencillo color ladrillo le confiere un no sé qué de bailarina y se vuelve el corazón cromático de la composición.

El retrato corresponde a una serie de muñecas de Reverón que El Gusano registró para una exposición en la Galería de Arte Nacional. Como solía hacerlo, se encerró con el grupo de muñecas a trabajar por varias semanas en el auditorio del Museo de Bellas Artes. Aquel encierro generaba inquietud y curiosidad. Brito estaba sumido en su mundo. Angustiado.

Las muñecas ­decía­ no le daban nada a su cámara y él las quería vivas, no muertas. Más tarde contaría que comenzó a colocarlas sobre una tela negra y las muñecas, como si hubieran entendido su propósito, ahora se arreglaban, adoptaban formas y miraban frontalmente a la lente. Como cuenta Alexis Trujillo, en el catálogo de la exposición Están allí, habían aceptado que Brito las fotografiara y posaban para él. Como retándolo.

El resultado no fue un registro técnico de las muñecas hecho con la mayor fidelidad posible para el catálogo de una exposición. Todo lo contrario. Los retratos que Brito presentó luego eran una nueva creación. Otras muñecas. Brito, las había interrogado una a una, leído como un psiquiatra las huellas de violencia en sus cuerpos, mirado sin miedo en su extraña y trémula belleza y había entrado en su mundo de tinieblas tal vez persiguiendo las brumas de Reverón. Había logrado el milagro de revivirlas, de crear sobre la obra del creador de Macuto, aquel que aprendió a mirar el sol del trópico sin pestañear.

Porque, en definitiva, esa es la constante de la obra de Brito. No hay espacio para lo bonito en el sentido decorativo del término. La monja de hábito negro que mira severamente a la cámara no es una monja, es la institución eclesiástica de siglos. El hombre de lentes oscuros en la procesión de Semana Santa en Caracas no es él, es la condensación de los misterios de la religiosidad popular.

Sus ángeles nunca aparecen completos como en la iconografía religiosa oficial, son retazos de ángeles, fragmentos de ángeles, puestos a dialogar con el vacío del cielo y la textura de las nubes, como si tuvieran dudas de su propia condición.

Porque en el fondo, sin saberlo, Brito era un gran etnógrafo de lo invisible. Fotografiaba lo no evidente para escarbar a fondo en la condición humana. Tal vez su aporte mayor era la capacidad de sacar el objeto fotografiado de la rutina para llevarlo a la condición de símbolo arquetipal.

La mañana de domingo cuando nos avisaron del adiós, Marianella Montenegro, mi esposa, bajó el cuadro y me mostró para que leyera lo que allí estaba escrito. Decía: "Esto es un acto de amor para esta familia, Tulio mi hermano, Marianella mi hermana. Certifico que los amo. Gusano. Caracas, 4/2/2003.". No pudimos evitar las lágrimas. La muñeca tampoco. 

domingo, 15 de febrero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

De una era a otra 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o contó Pedro León Zapata a mediados de los años 1970 en un foro sobre humorismo en la Escuela de Sociología de la UCV. Eran tiempos cuando una buena parte de América Latina se hallaba tomada por dictaduras, violencia guerrillera y guerras civiles. Venezuela en cambio, junto a Costa Rica, era una excepción de paz. Un oasis.

Para entonces ya nadie, o tal vez muy pocos, creían en la salida guerrillera o el golpismo militar. La convivencia pacífica no era una posibilidad, era un hecho. Leoni había iniciado a mediados de la década 1960 la pacificación del país, Caldera la había profundizado y Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, años 70, había ido más lejos incorporando en altos cargos a ex militantes del MIR y el Partido Comunista.

Por sus evidentes méritos, el gobierno de Carlos Andrés Pérez le había conferido a Zapata, miembro egregio de la izquierda cultural y severo crítico de su gobierno, la orden Andrés Bello. Y Zapata la había aceptado. En Miraflores, cuando se disponía a colocarle la distinción el presidente Pérez le dice al caricaturista: "Quién lo iba a decir  Pedro León, ¡yo, condecorándolo a usté!" y Zapata, eso fue lo que contó aquella tarde risueña, con la agilidad mental que lo caracterizaba, responde algo así como: "No se preocupe presidente que la vergüenza es mutua".

A la ultraizquierda y los marxistas ortodoxos, que en Sociología tenían una variada representación ­había desde maoístas hasta estalinistas­ la anécdota no les hizo mucha gracia. Al aceptar esa condecoración Zapata, como los militante del MAS, el MIR y la Causa R que habían entrado el juego democrático, se había convertido para ellos en un colaboracionista, un traidor a la revolución. Los demás, en cambio, celebramos festivamente el desplante pues revelaba de modo genial el espíritu democrático de la nueva izquierda que había roto con los modelos del totalitarismo comunista pero mantenía su crítica implacable a los gobiernos de AD y Copei.

Zapata fue a un mismo tiempo un gran caricaturista y un extraordinario pintor, un artista plástico integral. También un activo e influyente intelectual público y un persistente defensor de los derechos humanos. Ahora que ya no está con nosotros, y que por estos días hemos escuchado y leído los más hermosos, agudos y agradecidos comentarios sobre su vida y su obra, aquella anécdota adquiere una gran significación pues expresa de manera contundente algunos rasgos que lo caracterizaron: su capacidad para recurrir al humor incluso en los momentos más protocolares; su actitud permanentemente crítica con el Poder, y su creencia profunda en la convivencia democrática y el respeto por el otro, incluso cuando se trataba de un adversario político.

Zapata fue un severo crítico de todos los gobiernos que vivió, a ninguno se plegó y dándole voz a los excluidos en sus caricaturas siempre subrayó tres grandes males no superados ni por la democracia anterior ni por el autoritarismo presente: las grandes desigualdades sociales, el trinomio corrupción-riqueza-ostentación y los abusos de poder.

Sin embargo, todos los presidentes y gobernantes siempre lo respetaron y celebraron su genio. Salvo uno, el nativo de Sabaneta, quien ofuscado por sus críticas le atacó en una de sus largas cadenas televisivas preguntándole: "¿Zapata, cuánto te pagaron por esa caricatura?" Cada ladrón juzga por su condición, es cierto. Pero el presidente que se murió en ejercicio olvidó que su ataque era infructuoso pues apuntaban a un personaje público apreciado por todos y suficientemente conocido por su honestidad inquebrantable y su entereza ética profunda.

Entre "La vergüenza es mutua" y el "¿Cuánto te pagaron?", media el paso de una nación que apostaba por la democracia y la convivencia pacífica a otra aniquilada moralmente por la intolerancia, el verbo degradante y el pensamiento único. Entre ambas, Zapata brilla solo en el firmamento con la sonrisa de los justos, admirado por un país que le dice a coro "Gracias, Pedro León por haber existido". 
EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

De una era a otra 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o contó Pedro León Zapata a mediados de los años 1970 en un foro sobre humorismo en la Escuela de Sociología de la UCV. Eran tiempos cuando una buena parte de América Latina se hallaba tomada por dictaduras, violencia guerrillera y guerras civiles. Venezuela en cambio, junto a Costa Rica, era una excepción de paz. Un oasis.

Para entonces ya nadie, o tal vez muy pocos, creían en la salida guerrillera o el golpismo militar. La convivencia pacífica no era una posibilidad, era un hecho. Leoni había iniciado a mediados de la década 1960 la pacificación del país, Caldera la había profundizado y Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, años 70, había ido más lejos incorporando en altos cargos a ex militantes del MIR y el Partido Comunista.

Por sus evidentes méritos, el gobierno de Carlos Andrés Pérez le había conferido a Zapata, miembro egregio de la izquierda cultural y severo crítico de su gobierno, la orden Andrés Bello. Y Zapata la había aceptado. En Miraflores, cuando se disponía a colocarle la distinción el presidente Pérez le dice al caricaturista: "Quien loina a decir Zapata, ¡yo, condecorándolo a usté!" y Zapata, eso fue lo que contó aquella tarde risueña, con la agilidad mental que lo caracterizaba, responde algo así como: "No se preocupe  presidente,  la vergüenza es mutua".

A la ultraizquierda y los marxistas ortodoxos, que en Sociología tenían una variada representación ­había desde maoístas hasta estalinistas­ la anécdota no les hizo mucha gracia. Al aceptar esa condecoración Zapata, como los militante del MAS, el MIR y la Causa R que habían entrado el juego democrático, se había convertido para ellos en un colaboracionista, un traidor a la revolución. Los demás, en cambio, celebramos festivamente el desplante pues revelaba de modo genial el espíritu democrático de la nueva izquierda que había roto con los modelos del totalitarismo comunista pero mantenía su crítica implacable a los gobiernos de AD y Copei.

Zapata fue a un mismo tiempo un gran caricaturista y un extraordinario pintor, un artista plástico integral. También un activo e influyente intelectual público y un persistente defensor de los derechos humanos. Ahora que ya no está con nosotros, y que por estos días hemos escuchado y leído los más hermosos, agudos y agradecidos comentarios sobre su vida y su obra, aquella anécdota adquiere una gran significación pues expresa de manera contundente algunos rasgos que lo caracterizaron: su capacidad para recurrir al humor incluso en los momentos más protocolares; su actitud permanentemente crítica con el Poder, y su creencia profunda en la convivencia democrática y el respeto por el otro, incluso cuando se trataba de un adversario político.

Zapata fue un severo crítico de todos los gobiernos que vivió, a ninguno se plegó y dándole voz a los excluidos en sus caricaturas siempre subrayó tres grandes males no superados ni por la democracia anterior ni por el autoritarismo presente: las grandes desigualdades sociales, el trinomio corrupción-riqueza-ostentación y los abusos de poder.

Sin embargo, todos los presidentes y gobernantes siempre lo respetaron y celebraron su genio. Salvo uno, el nativo de Sabaneta, quien ofuscado por sus críticas le atacó en una de sus largas cadenas televisivas preguntándole: "¿Zapata, cuánto te pagaron por esa caricatura?" Cada ladrón juzga por su condición, es cierto. Pero el presidente que se murió en ejercicio olvidó que su ataque era infructuoso pues apuntaban a un personaje público apreciado por todos y suficientemente conocido por su honestidad inquebrantable y su entereza ética profunda.

Entre "La vergüenza es mutua" y el "¿Cuánto te pagaron?", media el paso de una nación que apostaba por la democracia y la convivencia pacífica a otra aniquilada moralmente por la intolerancia, el verbo degradante y el pensamiento único. Entre ambas, Zapata brilla solo en el firmamento con la sonrisa de los justos, admirado por un país que le dice a coro "Gracias, Pedro León por haber existido". 

domingo, 8 de febrero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 08 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7

Siete Días

Los demonios del militarismoEl modelo bipartidista ya experimentaba su agotamiento. Pero nadie o tal vez muy pocos ansiaban un gobierno militar


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o importa cuánto esfuerzo haga el aparato propagandístico del chavismo y sus voceros para intentar convertirlo en un acto mítico y heroico, una vez que Venezuela vuelva a tener institucionalidad y un gobierno democrático, el levantamiento militar del 4 de febrero de 1992 será valorado oficialmente como lo que realmente fue, un vulgar, común y corriente golpe de Estado militar.

Exactamente igual en sus métodos y significados al que en 1948 le asestaran al gobierno de Rómulo Gallegos las tropas dirigidas por Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud. Como los de Velasco Alvarado en 1968 contra Fernando Belaúnde Terry en el Perú, y Augusto Pinochet en 1973 contra Salvador Allende en Chile. O como el que intentó Antonio Tejero en España contra el gobierno de Adolfo Suárez en 1981.

Independientemente de la ideología que los haya animado ­unos de ultraderecha, otros antiimperialistas­; de la cantidad de muertos, heridos y violaciones de derechos que cada uno trajo consigo ­unos extremadamente sangrientos, otros menos­; o de sus resultados ­unos triunfantes, otros derrotados­; todas estas operaciones militares tienen en común el hecho de haber sido concebidas y ejecutadas para arrebatarles el poder por la fuerza a gobiernos democráticos, elegidos por sufragio universal, en situaciones en las que el juego político no estaba suspendido y en las que la actividad partidista era absolutamente legal y posible, y por tanto aún había espacios para resolver las crisis en escenarios democráticos.

Es decir, independientemente de las coyunturas difíciles por las que atravesaba cada país, se trató en todos los casos de actos inconstitucionales, violatorios de las leyes, en los que una cúpula o una logia militar, generalmente con el argumento de que los gobiernos democráticos a derrocar son corruptos o han sumido al país en el caos, intenta, y en algunos casos lo logra, hacerse del poder político no por vía de la votación o la rebelión popular, sino por el poder del fuego.

El golpe del 92 no fue, hay que recordarlo, una rebelión militar contra una tiranía que sojuzga a un pueblo. Como la llamada Revolución de los Claveles que sacó de juego la larga autocracia de Salazar en Portugal. Ni una revolución armada, como la cubana o la sandinista, contra una dictadura militar. Las tres con un evidente y amplio apoyo popular.

El golpe del 92 fue un cuartelazo. Una doble cobardía.Atentar contra una democracia usando la propia fuerza armada que había formado a sus líderes. Cuando el golpe de Caracas no hubo masas en la calle celebrando. En la mañana del 5 de febrero de 1992, ni en la del 27 de noviembre, nadie salió a la calle a expresar su apoyo a los militares insurrectos. Hubo perplejidad, es cierto. Tampoco nadie salió a la calle a defender la democracia. El modelo bipartidista ya experimentaba su agotamiento. Pero nadie o tal vez muy pocos ansiaban un gobierno militar.

Porque, hay que recordarlo, cada vez que los militares dan un golpe con el argumento de que se trata de poner orden y llamar de inmediato a elecciones, seguro se quedan largos años en el poder. Una década entera, los golpista de 1948. Diecisiete años, Pinochet en Chile. Y, aunque el intento del 92 por suerte fracasó, la conversión posterior de la institución militar venezolana en guardia pretoriana del proyecto rojo hecha a imagen y semejanza de Hugo Chávez ha instalado a los militares de nuevo en el poder por quince años consecutivos.

Como un ritual, todos los 4 de febrero recuerdo y vuelvo a contar la tarde cuando el expresidente Ramón J. Velásquez, en su oficina de senador de la república, pocos días después del golpe del 92, nos explicó a un grupo de amigos todavía treintones su opinión sobre el suceso. "Alguien levantó las tapas del infierno, donde varias generaciones de venezolanos, al costo de exilios, cárceles, muerte y tortura,  en 1958 logramos encerrar los demonios del militarismo", dijo. Nos miró a todos y se preguntó: "¿Cuántas décadas les llevará a ustedes volverlos a encerrar?". Ya llevamos una y media. 

domingo, 18 de enero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 18 DE ENERO DE 2015OPINIÓN/7
 

Opinión

Lugar común, el odioNo importa cuántas leyes, constituciones o derechos humanos haya que violar


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


Son diferentes pero se confunden, solapan y, en muchos casos, retroalimentan. Hablo de tres de las grandes taras que impiden la convivencia pacífica entre los seres humanos: la condición fanática, el pensamiento totalitario y la lógica fundamentalista.

La condición fanática puede estar asociada, pero no necesita del poder para ser ejercida. Y aunque el término suele asociarse a las creencias religiosas, me parece más lúcida la segunda acepción del DRAE cuando define al fanático como alguien "entusiasmado ciegamente por una cosa".

Ciegamente es la palabra clave. Califica a quien es capaz de hacer lo que sea, sin límites morales, por cualquier causa: asesinar a alguien por considerarlo miembro de una raza inferior, salir como los hooligans a patear el trasero a los adversarios, o suicidarse en grupo para reivindicar la pureza de su secta.

El totalitarismo, en cambio, es una lógica de poder y se ejerce desde el Estado. La definición que reivindico siempre es la de Tzvetan Todorov: la imposición del bien. Alguien, el partido, el caudillo, la logia militar, decide qué le conviene a la sociedad y trata de imponerlo cueste lo que cueste. No importa cuántas leyes, constituciones o derechos humanos haya que violar.

Detrás de todo totalitarismo, recuerda Todorov, está siempre el proyecto de crear una sociedad nueva, constituida por hombres nuevos, un proyecto de resolver todos los problemas de una vez por todas. Tarea que requiere para su concreción convertir un ideal único en dogma de Estado, estableciendo un Estado "virtuoso" que exige la adhesión espiritual de sus súbditos y, en consecuencia, la condena y persecución de quien se oponga.

El fundamentalismo, por su parte, es un término que se corresponde con el orden de las creencias y hace referencia a la aplicación intransigente de una determinada doctrina, generalmente producto de una interpretación literal de sus textos sagrados o políticos ­la Biblia, el Corán o el Libro Rojo­ obviando el hecho de que toda reflexión humana es producto de una época, un tiempo histórico y una cultura.

El fanatismo pareciera haber sido acompañante eterno de la experiencia humana. El totalitarismo tuvo su momento de auge en el siglo XX pero, aunque haya hoy en el planeta más democracias que nunca antes, ha mutado en sus métodos para seguir con vida en el XXI. Y el fundamentalismo, especialmente en su versión islámica de la guerra yihadista, no ha hecho más que crecer y cobrar fuerza tal y como lo acabamos de ver en el atentado terrorista a la revista Charlie Hebdo y en las imágenes frecuentes de fanáticos cortándole el cuello a occidentales frente a la cámaras.

El fanatismo, asociado al totalitarismo y al fundamentalismo, conduce a un mismo punto, el odio. La división de la humanidad entre dos partes mutuamente excluyentes ­fieles e infieles, revolucionarios y contras, puros e impuros­ es esencial para su existencia.  La conversión de las creencias políticas en fe religiosa y principio de exclusión moral, también.

Nadie sabe cuándo en su país se está gestando un movimiento a la vez fanático, totalitario y fundamentalista. Pero cuando un alto vocero chavista sentencia algo así como: "Si eres cristiano tienes que ser chavista". Cuando otro declara a la prensa: "Si no eres chavista no eres venezolano". O cuando un vicepresidente amenaza: "Cuídense porque en Ramo Verde (para los extranjeros, la cárcel donde está Leopoldo López secuestrado) hay mucho espacio", hay que preparase para lo peor.

Los sobrevivientes del ataque a la escuela de Peshawar, en Pakistán, el pasado diciembre, cuentan que los criminales mataron a los 132 niños recitando una y otra vez, y haciéndoselo recitar a sus víctimas: "No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero". 

lunes, 12 de enero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 11 DE ENERO DE 2015
OPINIÓN/6


Opinión
Equívoco final 
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TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


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o compitió con nadie. A diferencia de lo que se estila en las democracias verdaderas, no hubo elección alguna dentro de su partido para nombrarlo candidato. Ni siquiera una consulta entre la cúpula que lo dirige. La presidencia de Nicolás Maduro, una vez que el por entonces presidente de la república víctima de una enfermedad terminal emitiera su último suspiro, es el resultado de un capricho personal. 

Como ocurría en las monarquías y en Cuba una vez que Fidel Castro se hizo minusválido y designó a su hermano Raúl como sucesor; en Corea cuando Kim Il-sung, el "presidente eterno", a su hijo Kim Jong-un; o en Nicaragua con la saga de los dictadores Somoza, a Nicolás Maduro lo impuso como candidato oficialista, en un indiscutible abuso de poder, el dedo omnipotente de Hugo Rafael Chávez. 

Fue una decisión arbitraria. Soberbia de moribundo. Orden cuartelaria dictada en público a la dirigencia de su partido político frente a las cámaras de televisión. Gesto mortuorio del hombre que más poder ha concentrado en toda la historia de Venezuela. Último capricho. Equivoco final. 

Porque, lo sabemos ahora que el país mayoritario expresa una profunda aversión por un hombre que a todas luces se está convirtiendo en el ser humano más despreciado de nuestra historia patria, la decisión fue absolutamente desacertada. Maduro tiene todo de su lado para convertirse en el más incompetente de nuestros presidentes, el que más disparates ha pronunciado en público y el que, como ningún otro, ha dado pruebas de insuficiencia intelectual, incapacidad para tomar decisiones y capacidad inmensa para degradar nuestro idioma con su torpe manera de oficiarlo. 

Si nos dedicáramos a especular, pareciera que el presidente muerto lo hizo a propósito. Que, desde su inmensa vanidad personal, el desespero que le acompañó en su corta vida para convertirse en una figura mítica a la manera del Che o de Eva Perón hubiese mirado entre sus fichas cercanas a ver cuál era el más incompetente, el que menor auctoritas tenía sobre sus correligionarios, y a partir de esas cualidades, calculando quién le haría menos sombra a su figura histórica, tomó la decisión. 

Ya no hay vuelta atrás. Por más que Jorge Giordani, el sacerdote de la planificación socialista en la era Chávez, trate de salvar la responsabilidad del teniente coronel y su equipo, y de inculpar de la tragedia económica y moral que estamos viviendo los venezolanos solo a Nicolás Maduro y el suyo, a pesar de nuestra amnesia colectiva, el país entero sabe quién llevó a Maduro a la presidencia. 

La más notoria y reciente torpeza así lo confirma. Haber declarado públicamente que la única manera de liberar de su prisión a Leopoldo López, uno de los dos máximos líderes de la unidad democrática venezolana, era canjearlo por el independentista puertorriqueño Oscar López Rivera lo ha dejado al desnudo ante la opinión pública internacional. 

Con una sola frase el hombre que dirige el país ha confesado, primero, que López es "su" secuestrado personal, que él puede disponer sin consultar con ningún otro poder, ni siquiera con la Asamblea Nacional o el Tribunal Supremo, su destino: canjearlo, liberarlo o dejarlo por el tiempo que quiera en prisión. En segundo lugar, ha puesto en evidencia, otra vez, que el sistema judicial, todos los jueces, y en particular la que lleva el caso López, no son autónomos, solo títeres al servicio de Miraflores. Y, en tercer lugar, ha confirmado lo que todos sabemos, que la Constitución es letra muerta para los gobernantes rojos, porque en ella ni en las leyes que la regulan aparece la figura del canje de presos políticos. 

A Maduro y su equipo les está ocurriendo lo peor que le puede pasar a un activista político convertido en gobernante: terminar oficiando de la manera más indigna, desde el poder absoluto, aquellas violaciones de los derechos humanos que alguna vez condenaron cuando eran de oposición. Las cárceles venezolanas, llenas de presos políticos, vejados unos, torturados otros, violados sexualmente muchos, sin debido proceso todos, así lo confirman. 




jueves, 18 de diciembre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 14 DE DICIEMBRE DE 2014SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

La revolución es Nike 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


. No era una cola cualquiera. Pero funcionaba más o menos como todas las que se hacen al frente de tiendas en donde el gobierno rojo, aplicando una medida que se conoce como "precio justo", al día siguiente obligará a los dueños a vender su mercancía muy por debajo del precio de mercado. La operación se conoce eufemisticamente como "ventas supervisadas".

El ritual ya forma parte del paisaje urbano de las ciudades venezolanas. El gobierno anuncia una nueva toma de tienda y desde la media noche anterior los clientes potenciales comienzan a instalarse al frente. Como peregrinos que se pertrechan para un sacrificio religioso, centenares de personas llegan con sábanas para cubrirse, provisiones para no pasar hambre, iPods para entretenerse. Algunos llevan una buena dosis de alcohol y, todos, gruesos cartones que servirán de colchones para aguardar hasta amanecer.

Pero esta cola, la que vimos formarse durante varias semanas en la avenida Principal de Las Mercedes, tenía una particularidad. Quienes la hacían, gentes de escasos recursos pero no en pobreza extrema, mirada resignada y serenidad beatífica, no aguardaban como la mayoría por bienes de línea blanca: lavadoras, secadoras, neveras, microondas. Ni por los descomunales televisores de plasma: la joya de la corona, el trofeo mayor del consumismo de masas instigado por los rojos.

Los peregrinos de esta cola esperaban nada más y nada menos que los productos de una tienda Nike, una de las marcas más emblemáticas de la economía del imperio global. Eran consumidores especializados. Cada quien sabía qué quería: zapatos de goma, "Nike Air son los mejores", contaba uno de los que aguardan. "Camisas que absorben el sudor de inmediato", sugiere otro. "Botellas de agua con Hag Tag", explica alguno ratifi cando nuestra ignorancia del tema. "Morrales ultralivianos" y sobre todo muchas franelas y shorts, "originales, no chimbas", son algunos de los implementos a bajo precio por los que los hacedores de colas aguardan noches enteras, días y hasta semanas.

2. Todo empezó con el Dakazo. Ya se acercaba el día de las elecciones presidenciales de 2012 y Maduro parecía no tenerlas todas consigo. Alguien de su comando tuvo entonces una brillante idea: intervenir una tienda de ventas masivas de electrónica, Daka se llamaba y se sigue llamando; demostrar que recibía dólares preferenciales pero vendía a precios de dólar libre y proceder a hacer justicia expropiando la mercancía y vendiéndolo al "pueblo" a precios casi regalados.

Y así lograron una verdadera fiesta del consumo. Una especie de saqueo como los del Caracazo, pero pago. A precios irrisorios. El Estado convertido en Robin Hood le quita a quienes tienen mucho para dárselo a los desamparados de la Tierra.

Por razones del azar, en la semana que hoy concluye, antes de escribir estas líneas pude pasar por un lado y conversar de nuevo con los hacedores de cola en Daka. Los cuentos son alucinantes. Cada centro de venta se convierte en una especie de pequeño ecosistema de la corrupción. El local está tomado por un comando de la Guardia Nacional pero igual se comercia con los puestos y los tickets. Miembros de la Policía Nacional entran a tomar "lo suyo" sin hacer cola ni pedir número.

3. Este es el hombre nuevo del chavismo. No canta la Internacional pero distingue con exactitud un buen Samsung de una "chimbería" china. No hace trabajos voluntarios los fi nes de semana, pero invierte centenares de horas/hombre para adquirir un plasma. La inclusión chavista no es a través del Estado de Bienestar. No hay sistema de salud gratuito ni reformas estructurales -agua potable, recolección de desechos, empleo digno- para derrotar la pobreza. La inclusión del chavismo es través del consumo vía american way of life.

El chavismo inventó el "medio ciudadano", uno que tiene derechos pero no tienes deberes. Les dijo: "¿Para qué enseñarte a pescar si tengo dólares sufi cientes para comprarte el pescado?". Al final lo importante no es la ciudadanía, sino la fidelidad electoral. Igualado por lo que compra, el cliente chavista convertido en limosnero no es un ciudadano, es un consumidor. Su tarjeta de crédito es el voto.