domingo, 13 de julio de 2014

TULIO HERNÁNDEZ
Planeta fútbol

13 DE JULIO 2014 - 00:01
Tal vez sea por lo fácil de entender. Cualquiera, sin entrenamiento previo, capta de inmediato que el objetivo es meter el balón en el arco del equipo contrario. Así de simple. No hay figuras complejas como el strike, esa abstracción que ocurre cuando la pelota atraviesa por un rectángulo imaginario dibujado en el espacio.
O quizás, como decía el filósofo Juan Nuño, sea por el hecho de que el tiempo del juego es igual al de la calle. Los noventa minutos establecidos son exactamente los mismos que los de la vida real. Cuando el final se aproxima y los minutos se agotan ocurre como con la muerte. No hay manera de impedirlo.
No es como en otros deportes donde el tiempo no existe o se puede estirar o acortar a discreción. Como una banda elástica. En el beisbol nadie mira el reloj. El tiempo lo marca el pitcher. Pone el pie en el boxy comienza. Lo retira y se paraliza.
También se le puede atribuir al hecho de que ningún otro deporte escenifica mejor aquello de la sublimación de la guerra. Cada equipo tiene su territorio. El otro lo va a invadir. Si le mete el balón en el arco ocurre algo así como un misil que da en el blanco. Una suerte de vejación. No hay nada más parecido al fusilamiento que un penalti. Y el campo de batalla es inmenso, como un país.
Por lo pequeñas, no se puede escenificar la guerra en una cancha de básquet o de voleibol. Menos en el beisbol o en el golf donde los competidores, como en la democracia, se alternan en el uso del mismo terreno. No hay conquista. Los goles se hacen penetrando el terreno del contrario, las carreras en cambio son una especie de viaje épico sembrado de obstáculos que el bateador debe sortear para regresar triunfante a casa.
Es freudiano. Un gol es siempre una penetración. Generalmente dramática. El arquero suele quedar tirado en el piso, humillado, y cada gol se celebra con efusión. El penetrador salta, corre, grita, se retuerce, incluso llora, como en un orgasmo compartido con el resto del equipo y con lo que ahora se ha dado en llamar el jugador numero doce, los hinchas.
No importa cuáles sean las razones que lo explican, hoy todos sabemos que el fútbol se ha convertido en el gran deporte planetario y los futbolistas destacados, en los nuevos ídolos de la sociedad global. Los fanáticos más extremos lo resumen así: “Hay dos tipos de deportes, el fútbol y los demás”. Y no les falta razón. Con mayor o menor presencia en algunos lugares claves del planeta, como Estados Unidos y China, el fútbol se ha convertido en el deporte capaz de convocar el mayor número de personas en torno a una competencia entre equipos que representan con emoción profunda al Estado-nación. Algo que ni siquiera los juegos olímpicos pueden lograr.
Hoy domingo por la tarde, cuando este artículo tendrá horas de haber sido publicado, millones de ciudadanos de todos los continentes, como en una ceremonia religiosa globalizada, estarán reunidos frente a millones de pantallas de televisión esperando el encuentro entre América y Europa, Argentina y Alemania.
Y mañana, millares de textos circularán en la prensa y las redes sociales, intentando explicar otro episodio más de un fenómeno que se ha vuelto teológico. Uno de sus sacerdotes, Juan Villoro, ha escrito que Dios es redondo. Maradona acuñó aquello de “la mano de Dios” y en Argentina algunos lo tratan como tal. Los capos colombianos del narcotráfico, en la búsqueda de la beatificación, se hicieron de equipos de fútbol. El de Pablo Escobar, el Atlético Nacional de Medellín, en 1989, conquistó por primera vez para un club colombiano la Copa Libertadores de América. Un juego de las eliminatorias para el Mundial de México, en 1970, fue el detonante de una guerra entre El Salvador y Honduras. En Brasil salieron días atrás a quemar autobuses y saquear tiendas solo porque su equipo nacional fue humillado por los siete goles del equipo alemán.
Es el fútbol, esa próspera maquinaria de fabricación de dioses terrenales, que se mueve –como casi toda aventura humana– entre el esplendor y la miseria.


domingo, 6 de julio de 2014

Tiempos de desconfianza

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El pasado domingo 22 de junio, en horas de la tarde, me encontré en Facebook una advertencia del sociólogo Luis Gómez Calcaño a propósito de “Sí hay salida a la crisis”, el manifiesto publicado ese día en la prensa nacional. El agudo investigador del Cendes-UCV escribió: “Sólo me extraña que Tulio Hernández aparezca entre los firmantes”.
De inmediato respondí que el Tulio Hernández que aparecía firmando no era el mismo autor de esta columna, que efectivamente yo no había firmado ese documento y que ni siquiera a esa hora de la tarde conocía su contenido porque no había leído aún la prensa dominical.
Rápidamente recibí una llamada de los promotores del manifiesto presentando convincentes disculpas por la confusión y ofreciéndose a realizar de inmediato una aclaratoria pública. Acepté con gusto las disculpas, pero me pareció poco oportuno hacer aclaratoria alguna. Al día siguiente, la diputada Machado, una de las promotoras del manifiesto, debía presentarse ante los tribunales para declarar a propósito de esa ópera bufa llamada “magnicidio” y me pareció incorrecto hacer ruido a lo más importante de esos días: apoyarla en su lucha contra el abuso de poder rojo.
Han pasado varias semanas y prácticamente todos lo días me encuentro con alguien que me interpela sobre la firma. Algunos de manera educada, con sincera curiosidad. Otros, los menos, sin detenerse a preguntar qué pasó, con una preocupante dosis de agresividad. Sin dejarme explicar actúan como un católico cerrero que me encontró entre los “abajofirmantes” en un documento de apoyo al matrimonio gay o como un comunista trasnochado, “mamertos” los llaman gráficamente en Colombia, que me vio tomando a escondidas Coca-Cola en Miami.
Lo que ha ocurrido desde entonces ha sido interesante. Me ha servido para constatar en piel propia la manera como una parte, no se cuán grande, de los demócratas que adversan el proyecto militarista rojo han sido igualmente atrapados por, junto al miedo, el sentimiento dominante en la sociedad venezolana: la desconfianza. Que es madre y partera de la intolerancia.
No importa si se trata de aquel que cuenta que un mesonero del Este de Caracas, que es su amigo, presenció dos días antes del diálogo en Miraflores el momento cuando “Pedro Carreño le pasó a Ramón Guillermo Aveledo por debajo de la mesa un maletín repleto de dólares”. O del otro que, con cara de semiólogo en tribunal, nos explica el “arreglo obvio” que hay en el carcelazo a Leopoldo López, y detalla el cariño protector con el que lo abrazaba el general a quien se entregó, el hecho de que no lo esposaran, el megáfono que le dieron para que se dirigiera a la multitud. Mucho gato encerrado, dicen ambos.
En un sociedad en la que cada vez menos personas están dispuestas a cumplir las normas; en donde la mayoría ni siquiera las conoce y, por tanto, no puede distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo ilegal y lo contrario, y donde el presidente de la república, espurio pero presidente, informa que se robaron 20.000 millones de dólares y no abre un proceso de gran escala para identificar quiénes desde el aparato de poder lo permitieron, obviamente es muy difícil liberarse de la desconfianza.
Pero, obviamente también, si los demócratas queremos construir un proyecto alterno, que libere al país de la debacle heredada de la segunda etapa del bipartidismo y de la degradación moral del chavismo, hacer un esfuerzo por cultivar la confianza como base para la construcción de la nueva mayoría no es una opción, es una obligación.
Cómo se puede condenar a los rojos por su negativa al diálogo si no somos capaces de tenerlo sinceramente entre nosotros. Y para que el diálogo exista tiene que ser hecho sobre ideas, concepciones, proyectos, visiones de futuro, diagnósticos certeros sobre el tipo de poder al que nos enfrentamos. Lo demás es lectura de encuestas, listas y cálculo electoral, recursos útiles en una sociedad sana pero insuficientes y suicidas en una donde la democracia está entubada, respirando apenas, en la sala de terapia intensiva.

domingo, 29 de junio de 2014

TULIO HERNÁNDEZ

“Cuando digo como el sol del domingo”

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Escribo estas notas luego de asistir al sepelio del expresidente Ramón J. Velásquez. Fue un acto sencillo, austero y transparente. Como su vida. Por generosidad de sus hijos, que agradezco, me correspondió ser una de las personas encargadas de ofrecer palabras de despedida. Lo hice como un honor, el que significa decir adiós a uno de los hombres públicos más productivos, íntegros y apreciados de los siglos XX y XXI venezolano, y con un gran afecto, el que genera la gratitud de la amistad.

Comencé las palabras citando fragmentos de un texto suyo. “Cuando digo como el sol del domingo”, se titula. Un breve escrito que forma parte de un libro inédito de la escritora tachirense Leonor Peña, amiga y colaboradora de Velásquez. Un texto evocativo y poético que comienza diciendo: “El sol del día domingo es mi sol… el sol de San Cristóbal... el de los domingos de mi niñez... iluminados por la alegría… hablo de lo que significaba un domingo para el hombre de esa tierra... un día pintado de luz por la naturaleza, por Dios. Había más sol, campanas... gente con traje de domingo. Nos visitaban los amigos porque era domingo”. Y así, luego de una detallada descripción de los paseos dominicales con su padre, Ramón J. Velásquez termina diciendo: “Por eso cuando la visita de un amigo ilumina mi casa, cuando un regalo que viene del Táchira llega a mi casa, digo que llegó con luz del domingo”.

No cité este texto al azar. Lo hice porque “cuando un amigo ilumina mi casa” resume una de las cualidades mayores de este caballero tachirense, su altísima valoración de la amistad, su preocupación e interés permanente por los demás, su gusto inmenso por una buena conversación y su afecto y generosidad sin límites, que lo convirtieron a juicio de muchos en uno de los venezolanos que ha tenido más amigos.

Además de la amistad, cinco son las vocaciones que de manera armónica, como un tejido, entrelazadas una a la otra, sin jerarquías, marcaron la vida y obra de Velásquez. Primero, el país y su destino político. Segundo, el estudio de la historia. Tercero, la memoria y la construcción de instituciones. Cuarto, el periodismo. Y quinto, la vocación de maestro.

Más que un político o un servidor público, que lo fue, Ramón Velásquez hizo del país, de su destino y de la democracia, su gran pasión. En su vida, destino individual y destino colectivo se fundían sin distancia alguna. Fue testigo y protagonista, al mismo tiempo que cronista y analista de las grandes transformaciones que a partir de la muerte de Gómez condujeron a la aparición de los partidos políticos modernos y luego a la democracia. Y en ese proceso le correspondió ejercer desde el oficio de ministro y senador, hasta el de Presidente de emergencia y capitán encargado del llevar a puerto seguro el barco herido de la democracia.

Fue un intelectual muy productivo, pero no un académico en el sentido convencional del término, sino un autor entregado a la interpretación histórica del país siempre a la luz de la acción política. Dos de sus obras, La caída del liberalismo amarillo y Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez son referencia obligada al momento de entender el devenir nacional.
Convencido de la importancia de la memoria histórica entregó energía y años de su vida a concebir y organizar instituciones como el Archivo Histórico de Miraflores, la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano, los colosales proyectos editoriales sobre el Pensamiento Político Venezolano o la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses.

Y, al principio como reportero, luego como director de diarios,  al final ejerciendo la opinión, hizo del periodismo un instrumento de su otra gran pasión: enseñar y explicar. Porque en el fondo, como sus padres, era un gran maestro. En el sentido más noble del término. Un educador en acción permanente.

Mientras veía como se alejaba el carro fúnebre con sus restos suspendí la tristeza al percatarme que hacía un día muy soleado y luminoso. Como uno de esos domingos de su infancia. Como la visita de un amigo.

domingo, 22 de junio de 2014

La mala conciencia del Monje Loco

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Para expresarlo en términos del habla popular venezolana, le dijo hasta del mal que se iba a morir. No le dijo tonto, pero lo sugirió. Tampoco corrupto, lo insinuó. Ni bruto, pero casi. Le dijo que era alarmante verle ejerciendo el poder sin trasmitir liderazgo alguno. Lo acusó de haber creado un inmenso vacío de poder en la presidencia. Le estrujó en el rostro el desconocimiento absoluto del hecho económico; la toma de decisiones inconsultas guiado por intereses particulares de asesores extranjeros; el desorden en el gasto fiscal; el uso desmesurado de recursos del Estado con fines electorales; complicidad con la corrupción, y, ¡anatema!, haberle abierto el camino de regreso a los actores privados capitalistas.
Pero desde su perspectiva de Savonarola caribeño, el pecado mortal, el que el acusado pagará en las pailas más hirvientes del infierno, ha sido traicionar el proyecto socialista de Hugo Chávez y convertir en fracaso inocultable –de escasez, desabastecimiento e inflación– lo que hasta el momento en que el Comandante Eterno estuvo vivo fue éxito puro y victoria revolucionaria.
Todo esto y mucho más fue parte del ametrallamiento ideológico al que Jorge Giordani, ministro rojo de Planificación desde 1999 hasta 2012, sometiera la semana que hoy concluye a Nicolás Maduro, convertido en espurio presidente de Venezuela con una pequeña y  cuestionada diferencia  en las elecciones de 2013.
Si el autor de las acusaciones hubiese sido otro, un opositor más o un jefe rojo cualquiera, el hecho no hubiese tenido trascendencia. Pero quien habla, además de dos veces ministro de Planificación, directivo de Pdvsa y el Banco Central, es nada más y nada menos que uno de los más cercanos, influyentes y permanentes entre los mentores políticos del Comandante Supremo, maestro y confidente ideológico desde los tiempos de la cárcel de Yare y uno de los más activos autores de la Agenda Alternativa Bolivariana, el plan de gobierno de la candidatura presidencial en 1996.
El texto en cuestión, una carta pública en la que Giordani, con el título de “Testimonio y responsabilidad ante la historia”, rinde cuentas al país luego de 12 años formando parte del gabinete, es uno de los más importantes documentos que un alto jefe del socialismo del siglo XXI haya puesto a circular más allá de su adeptos; el primer gran alegato conceptual y por escrito –con citas bibliográficas de metodología académica para que no queden dudas– sobre la profunda fractura interna en el proyecto rojo; y un tomatazo epistemológico en pleno rostro al ya desvencijado prestigio del hombre que habla con pajaritos médiums.
Será en el futuro un documento fundamental para entender este proyecto político que lo tuvo todo a su favor y lo dilapidó. No solamente porque revela y acepta el fracaso de 2012 en adelante, sino porque en el esfuerzo por lavarse las manos y evadir sus responsabilidades y las de Hugo Chávez, intentando construir una épica alucinada de sus logros, confiesa los principio y creencias sobre los que fueron edificando la catástrofe nacional.
Si Giordani, a quien algunos de su entorno le llaman el Monje Loco, fuese seguidor de Cortázar hubiese titulado su rendición de cuentas “Instrucciones para destruir un país”. Porque eso es en el fondo el documento, la confesión de cómo en pleno siglo XXI, un académico y actor político influyente sigue atrapado en una anacronía, en algo –el monopolio absoluto del Estado, la exclusión de la iniciativa privada– que hasta las últimas potencias comunistas, luego de largos ciclos de empobrecimientos de sus pueblos, hace tiempo dejaron de creer.
El Monje Loco original, si tienen dudas pregúntenle a Google, fue un exitoso personaje de la radio mexicana de los años treinta del siglo pasado. Contaba relatos de horror mientras tecleaba en un órgano tétricas melodías que anunciaban tragedias. Cualquier parecido con la realidad venezolana es pura coincidencia. Pero los monjes, cuerdo o locos, que han cometido fechorías también aspiran al perdón de Dios. O de la historia.

domingo, 8 de junio de 2014

De esbirros, jueces, contralores y papel

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Lo he dicho otras veces. Las dictaduras militares producto de golpes de Estado actúan como el zarpazo del tigre. Son sorpresivas. Estridentes. Sangrientas. Matan sin piedad. En cambio, los neo autoritarismos o los totalitarismos en la era de Internet lo hacen como la leyenda de la boa constrictor .Envuelven a la víctima y la asfixian lentamente. Gradúan el tiempo y el esfuerzo de los apretones. Pero al final, si no hay una fuerte reacción, igual matan. Sin piedad.
Este último, según contó alguna vez Sergio Ramirez, fue el guion que Fidel Castrole vendió a los sandinistas primigenios. Pero los sandinistas de entonces no quisieron comprarlo y llevaron a Nicaragua a la guerra de los 28 mil muertos. En cambio Hugo Chávez, asimilando aquella experiencia, con un Estado omnipotente y una cartera rebosante de dólares, lo asumió y desarrolló con maestría hasta el día impreciso cuando salió de la película.
El teniente coronel de Sabaneta aplicaba el método sagazmente. Por ejemplo, como le molestaban profundamente los dirigentes opositores exitosos,trataba de sacarlos de juego para siempre. Pero en vez de hacerlo como Trujillo o Somoza, usando policías de lentes oscuros, recurría a funcionarios públicos - jueces y contralores eran sus predilectos-para que hicieran “legalmente” y sin sangre, ni escrúpulos, el trabajo sucio que en los modelos totalitarios precedentes se le encargabaa los esbirros.
A Henrique Capriles, antes de ser candidato presidencial de la MUD, lo encarcelaron arbitrariamente en 2004. A Manuel Rosales le ocurrió al revés, luego de ser candidato, tuvo que auto exilarse  en 2009 huyendo del carcelazo al que Sabaneta públicamente lo condenó. Pero fue Leopoldo López el dirigente con quien el presidente rojo se ensañó con mayor ferocidad.
Culpa de las estadísticas. Cuando se preparaba a competir por la Alcaldía Metropolitana de Caracas, las encuestas predecían 75% a favor de López en intención de voto, ganando además en zonas populares de la ciudad, incluyendo Catia y el 23 de enero, lo que significaba, para decirlo en madurismo, que “el burguesito subía cerro” y les iba a propinar una paliza electoral en su propio terreno.
Pero lo que definitivamente sacó de sus casillas al Jefe Único, quien durante largos años había punteado solitario en las encuestas, fue el hecho de que, por esos mismos días, López se escapó del pelotón y lo superó con varios puntos por arriba en los niveles de agrado entre los electores.
Para la más grande vanidad que haya habitado en Miraflores aquello fue una ofensa. Un golpe bajo. Una dolorosa advertencia de que él, el Jefe único, no era un Dios del Olimpo sino un ser humano más, un mortal, que como cualquiera podría ser desplazado en el afecto de las multitudes.
A partir de ese momento la eliminación política de López quedó decretada. Ya colocado en el paredón, el primer encargado de dispararle fue el Contralor General de la Nación, un hombre de apellido Russian quien, en un obvio y grotesco abuso de poder, ordenó la inhabilitación política de López dejándolo fuera de juego por 12 años en los que no pudo aspirar a ningún cargo público.
Pero López no murió políticamente. Se dedicó a recorrer el país. Creó una nueva organización política y se convirtió en el líder de La Salida, una propuesta que divide opiniones en la oposición democrática, pues apunta a intentar reducir el espurio mandato de Nicolás Maduro a través de una mezcla de legítima protesta callejera con recursos constitucionales. Ahora lo han mandado de nuevo al paredón. Esta vez ha disparado una mujer, irónicamente llamada Adriana López. Violando la razón jurídica lo deja en la cárcel junto a dos estudiantes absolutamente inocentes. Como él.
Russian ya murió. Leopoldo saldrá con más vida política aún. Adriana López será recordada como heredera de Pedro Estrada, como la jueza que en un país en crisis de papel, en horas de la madrugad, asustada y bajo presión, se vio obligada a arrancar algunas páginas de la Constitución.
Un tigre anda suelto.

De esbirros, jueces, contralores y papel

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Lo he dicho otras veces. Las dictaduras militares producto de golpes de Estado actúan como el zarpazo del tigre. Son sorpresivas. Estridentes. Sangrientas. Matan sin piedad. En cambio, los neo autoritarismos o los totalitarismos en la era de Internet lo hacen como la leyenda de la boa constrictor .Envuelven a la víctima y la asfixian lentamente. Gradúan el tiempo y el esfuerzo de los apretones. Pero al final, si no hay una fuerte reacción, igual matan. Sin piedad.
Este último, según contó alguna vez Sergio Ramirez, fue el guion que Fidel Castrole vendió a los sandinistas primigenios. Pero los sandinistas de entonces no quisieron comprarlo y llevaron a Nicaragua a la guerra de los 28 mil muertos. En cambio Hugo Chávez, asimilando aquella experiencia, con un Estado omnipotente y una cartera rebosante de dólares, lo asumió y desarrolló con maestría hasta el día impreciso cuando salió de la película.
El teniente coronel de Sabaneta aplicaba el método sagazmente. Por ejemplo, como le molestaban profundamente los dirigentes opositores exitosos,trataba de sacarlos de juego para siempre. Pero en vez de hacerlo como Trujillo o Somoza, usando policías de lentes oscuros, recurría a funcionarios públicos - jueces y contralores eran sus predilectos-para que hicieran “legalmente” y sin sangre, ni escrúpulos, el trabajo sucio que en los modelos totalitarios precedentes se le encargabaa los esbirros.
A Henrique Capriles, antes de ser candidato presidencial de la MUD, lo encarcelaron arbitrariamente en 2004. A Manuel Rosales le ocurrió al revés, luego de ser candidato, tuvo que auto exilarse  en 2009 huyendo del carcelazo al que Sabaneta públicamente lo condenó. Pero fue Leopoldo López el dirigente con quien el presidente rojo se ensañó con mayor ferocidad.
Culpa de las estadísticas. Cuando se preparaba a competir por la Alcaldía Metropolitana de Caracas, las encuestas predecían 75% a favor de López en intención de voto, ganando además en zonas populares de la ciudad, incluyendo Catia y el 23 de enero, lo que significaba, para decirlo en madurismo, que “el burguesito subía cerro” y les iba a propinar una paliza electoral en su propio terreno.
Pero lo que definitivamente sacó de sus casillas al Jefe Único, quien durante largos años había punteado solitario en las encuestas, fue el hecho de que, por esos mismos días, López se escapó del pelotón y lo superó con varios puntos por arriba en los niveles de agrado entre los electores.
Para la más grande vanidad que haya habitado en Miraflores aquello fue una ofensa. Un golpe bajo. Una dolorosa advertencia de que él, el Jefe único, no era un Dios del Olimpo sino un ser humano más, un mortal, que como cualquiera podría ser desplazado en el afecto de las multitudes.
A partir de ese momento la eliminación política de López quedó decretada. Ya colocado en el paredón, el primer encargado de dispararle fue el Contralor General de la Nación, un hombre de apellido Russian quien, en un obvio y grotesco abuso de poder, ordenó la inhabilitación política de López dejándolo fuera de juego por 12 años en los que no pudo aspirar a ningún cargo público.
Pero López no murió políticamente. Se dedicó a recorrer el país. Creó una nueva organización política y se convirtió en el líder de La Salida, una propuesta que divide opiniones en la oposición democrática, pues apunta a intentar reducir el espurio mandato de Nicolás Maduro a través de una mezcla de legítima protesta callejera con recursos constitucionales. Ahora lo han mandado de nuevo al paredón. Esta vez ha disparado una mujer, irónicamente llamada Adriana López. Violando la razón jurídica lo deja en la cárcel junto a dos estudiantes absolutamente inocentes. Como él.
Russian ya murió. Leopoldo saldrá con más vida política aún. Adriana López será recordada como heredera de Pedro Estrada, como la jueza que en un país en crisis de papel, en horas de la madrugad, asustada y bajo presión, se vio obligada a arrancar algunas páginas de la Constitución.
Un tigre anda suelto.

domingo, 1 de junio de 2014

Memoria del sufrimiento y ejército de ocupación

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No es la primera vez que el Táchira ha sido tratado con ensañamiento cruel por una élite militar con apoyo civil que, en ejercicio del poder sin límites, decide un día desde la capital de la república darle un escarmiento ejemplar a un grupo humano que se opone de manera activa y además mayoritaria a sus caprichos y arbitrariedades. 
Los tachirenses sabemos con propiedad cuánto dolor infligen a los pueblos los tiranos, los autócratas y los regímenes militares. Porque la memoria colectiva, incluso en un país amnésico, siempre se las arregla para sobrevivir. El Táchira parió a varios tiranos del siglo XX. Pero, en compensación, ha sido pródigo en engendrar también activistas civiles dedicados a combatirlos.

Fue un tachirense, Pedro María Morantes, quien bajo el seudónimo de Pío Gil, escribió los primeros y más duros alegatos contra los abusos y corrupción del régimen de Cipriano Castro. Publicó en París la novela El cabito. Allí murió. Gómez no le permitió regresar.

Con Juan Vicente Gómez, dueño del país por 28 años, nos fue peor. Luego del intento de asesinato de un siniestro gobernador, Eustoquio, su primo de igual apellido, fue tan grande la represión que cerca de 20.000 tachirenses fueron empujados al exilio. En 1925 se les ofreció una amnistía. Muchos regresaron. Y Leonardo Ruiz Pineda, en sus precoces memorias, recordaría el impacto que le produjo en su niñez ver pasar por Rubio, provenientes de Colombia, en fila india, pertenencias al hombro, a miles de aquellos exiliados “pálidos, famélicos y cabizbajos” en viaje de vuelta a casa.

No sabía Leonardo qué le aguardaba. Ya adulto, convertido en figura clave de nuestra incipiente democracia vivirá el infortunio en carne propia. Jefe de la lucha clandestina contra la dictadura de Pérez Jiménez, y coautor junto con Simón Alberto Consalvi y Ramón J. Velásquez, otro tachirense demócrata, del Libro negro de la dictadura, Ruiz Pineda muere asesinado por la SN, la policía política del régimen, cuando apenas roza los 37 años.

En 1958 llegó la democracia –chucuta pero democracia, imperfecta pero democracia– y todos creyeron que los tiempos de la barbarie terminaban. No era cierto. Lo sabemos ahora. Desde el pasado 2 de febrero, gracias al legado de Hugo Chávez, el Táchira ha vuelto a ser el escenario, esta vez multiplicado, del abuso de poder sin límites, el uso abominable de la fuerza más que bruta para reprimir legítimas manifestaciones de protesta, el encarcelamiento masivo como sustituto del diálogo, la tortura convertida en práctica diaria y de rutina, la actuación de bandas paramilitares oficialistas atacando barrios y viviendas o desatando acciones vandálicas para criminalizar la protesta estudiantil. Campo de batalla de una guerra asimétrica con ejército de ocupación.

La repuesta popular en San Cristóbal ha alcanzado niveles de incorporación de gentes de todas las edades; de universidades, barrios y familias enteras organizadas en esquemas de rebelión y resistencia partisana que ha puesto en jaque ya por más de tres meses el despliegue policial, militar y parapolicial de la cúpula gobernante.

Asustados y desesperados, fuera de sí, como Gómez cuando el atentado a Eustoquio, violando flagrantemente las leyes y la Constitución, encarcelaron sin el debido proceso a Daniel Ceballos y, violando el dictamen sagrado del voto, le arrebataron por la fuerza el cargo de alcalde de San Cristóbal al que había sido elegido. Con premura inusitada llamaron de inmediato a elecciones. Para sustituirle. Pero la población sancristobalense respondió contundentemente dándole una paliza histórica al gobierno rojo, eligiendo alcaldesa a Patricia de  Ceballos, activista política de Voluntad Popular, con 75% de los votos.

Quedan dos lecciones. Una, que entre calle y elección no hay contradicción: que con una mano se pueden levantar barricadas de defensa y con la otra ejercer el derecho al voto. Dos, no lo sabía el gobernador Vielma Mora, que a los pueblos con memoria de sufrimiento mejor es no despertársela.