domingo, 31 de agosto de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 31 DE AGOSTO DE 2014SIETE DÍAS/6
 

Siete Días

Dos países 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o somos los primeros. Ni seremos los últimos.

Otros lo han vivido igual. Los cubanos exiliados en masa por el comunismo. Los españoles por la Guerra civil. Argentinos, chilenos y uruguayos por las dictaduras militares. Colombianos por la saga pobreza, guerrilla, paracos, narcos.

Ahora somos los venezolanos quienes nos sabemos dos grupos humanos. Uno, que vive y seguirá viviendo dentro de la geografía que lleva por nombre Venezuela. Y otro, cada vez más numeroso, que hace o hará una nueva vida nueva fuera del territorio nacional. Los que se van.

Las estadísticas se hacen innecesarias cuando el peso de la realidad te abruma. Y en Panamá ­una ciudad modesta que lleva en el pecho un enclave de alucinante arquitectura a lo dowtown de Houston­ la presencia de los inmigrantes venezolanos es más que notoria. Una verdadera invasión, dicen algunos. Mucho más evidente, quizás por el tamaño de la ciudad y el país, que en Miami o Madrid. Dos de los otros destinos favoritos.

En una semana de visita tuve la oportunidad de conversar con muchos. Escuché relatos trágicos explicando la huida. Sencillos: "Pasé dos años buscado un apartamento en alquiler. Nunca lo conseguí al precio que podía pagar.

Aquí, en un semana". Crueles: "A mi hijo de 4 años una bestia le puso una pistola en la cabeza para quitarle un Nintendo". Cinematográficos: "Una joven de 16 años estuvo secuestrada dos meses. Su padre, un millonario, contrató un escuadrón israelí para rescatarla y se encontró con que el jefe de la banda era un general chavista activo.

Ahora viven aquí". Duros: "Tuve que atropellar a una mujer que se me atravesó en la madrugada apuntándome desde una moto y como en la Venezuela chavista no hay seguridad jurídica, me di a la fuga. Compré un pasaje y aquí estoy. Mis hijos salen a la calle sin miedo" Los emigrantes venezolanos que conocí efectivamente están comenzando una nueva vida. Tienen formación, capacidad de trabajo y, algunos, capitales.

Me encontré con músicos de excelencia, producto del Sistema de Orquestas, dando clases en colegios prestigiosos. Posgraduados de las becas Ayacucho, expulsados por el sectarismo rojo luego de años de servicio al Estado venezolano, convertidos ahora en prósperos empresarios. Jóvenes profesionales comenzando una carrera que en Venezuela no pudieron concretar. Comerciantes exitosos desarrollando con entusiasmo una segunda oportunidad.

Sus sentimientos hacia Venezuela varían. Hay quienes la "nostalgian", para usar el verbo de mi vecino de página. Otros aguardan pacientemente que se vayan, o que caigan, los rojos y cese la violencia, para entonces regresar. Pero me impresionaron notablemente, me perturbaron sería la palabra correcta, aquellos que -como los amantes engañados- odian al país con saña. "Perdóname, pero quisiera olvidar que nací allí, hacerme colombiano o panameño, borrar a Venezuela para siempre de mi corazón", me dijo alguien que apenas roza los 40 años de vida pero debe tener unos 500 de desilusión.

Toda migración masiva genera conflictos. En unos casos, desprecios. "Sudacas" llamaban en España a los trabajadores suramericanos emigrantes.

"Euracas" llaman ahora en Ecuador, a los españoles que por montones están haciendo el viaje inverso. Y, aunque no tienen un mote particular, o por lo menos no lo conocí, en Panamá se cuece a fuego lento una explícita antipatía, en algunos casos muy bien ganada, hacia lo que los nacionales consideran arrogancia, petulancia y malas maneras de la migración venezolana.

Digo "en algunos casos bien ganada" porque, aunque ninguno de los  que traté responde a ese perfil, y agradecen a Panamá y a los panameños su hospitalidad, existe un cierto tipo de venezolano déspota, clase media acomodada ­de los de antes o de los nuevos, los boliburgueses­, una estirpe de nuevos ricos "echones", que compensó sus carencias humanas con ropa,  accesorios de marca y el tamaño de las camionetas 4X4. Si en Venezuela ya son insoportables, hay que imaginar cuán odiosos deben resultar de migrantes en otro lugar.

En eso, también, somos dos países.

domingo, 17 de agosto de 2014

Tragedia colectiva

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Haber contado, en esta misma página, el domingo pasado, un incidente de atraco del que fui victima, me ha permitido corroborar personalmente el grado de desesperación que genera entre los venezolanos el clima de inseguridad y el asedio de la violencia, el robo y el homicidio, que se vive en todo el país sin distingos de clase, edad o sexo.
Es como una epidemia cruel. Durante toda la semana, fui recibiendo mensajes de todo tipo. Desde personas, incluyendo amigos cercanos, que me expresaban su solidaridad ante lo ocurrido, acto que agradezco, hasta, y esto es lo más importante sociológicamente hablando, otras que contaban las experiencias traumáticas que ello mismos o familiares y amigos cercanos han vivido en el terreno de los atracos, robos, secuestros y asesinatos cometidos por delincuentes armados.
Ha sido como una avalancha. Algunos dicen más o menos así “Señor Hernández, lamento lo que ha vivido pero permítame decirle que a mi hijo le ocurrió lo mismo sólo que quienes le pusieron la pistola en la sien eran uniformados. Por eso se fue, ahora vive en Australia”. El texto se repite, como un calco. Lo que varía son las ciudades donde ocurrió el hecho y aquellas a donde emigraron. “A mi hermano lo secuestraron en Valencia y ahora está en Panamá”. “Yo recibí un tiro en un robo en San Cristóbal y ahora vivo en Miami”. Y así sucesivamente.
Lo que me ocurrió, y conté en esa columna, no fue otra cosa que vivir en carne propia lo que obviamente es una tragedia colectiva. Según los estudiosos del tema, a diferencia del resto de países de América Latina donde la gente emigra básicamente por razones económicas, la mayoría de los venezolanos lo hacen huyendo de la inseguridad. Tanto la que genera la violencia delincuencial como la inseguridad jurídica y la amenaza a las propiedades –viviendas, fábricas, empresas agropecuarias– que el régimen chavista ha promovido a lo largo y ancho del país.
Por eso la migración venezolana es fundamentalmente de profesionales universitarios. No de mano de obra barata. Tuve, por esta semana que hoy concluye, la oportunidad de conversar con el sociólogo Tomás Páez, quien viene desarrollado una investigación entre los venezolanos que han emigrado –1.600.000, 6% de la población, según sus cálculos– y me explicó que en una encuesta que aún procesa la mayoría son profesionales universitarios y cerca de 40% con estudios de tercer nivel.
Es como una estampida. Basta pasar en Caracas frente a las embajadas y consulados de España, Italia o Estados Unidos, o presenciar las colas que se hacen en las oficinas de la Plaza del Rectorado de la UCV de gente solicitando sus notas certificadas, para verificar el fenómeno de huida colectiva de un país.
Lo curiosos es el más que obvio desinterés del gobierno rojo ante el fenómeno que ha segado, en estos últimos catorce años de desgracia nacional, la vida de 200.000 venezolanos. No ha habido en estos largos años un solo gesto, una iniciativa de aliento grande, un programa de alianza nacional, para enfrentar lo que sin duda es una de las más grandes calamidades que ha vivido Venezuela en toda su historia republicana.
Hugo Chávez, un hombre que hablaba de cualquier cosa y largamente, que podía pasar horas dando lecciones sobre química cuántica, lingüística degenerativa o el papel de la electricidad en la Nueva Política Económica de Lenin, eludió de manera sistemática el tema durante los catorce años que estuvo al frente del gobierno. Ni siquiera lo mencionaba. A sus ojos no existía. Recibió el país en 1999 con una cifra ya alta de homicidios, 4.550 ocurrieron en 1998, y lo entrego cuando la muerte vino por él, con la cifra quintuplicada de 20.000 homicidios en el año 2012. Ese es uno de sus más importantes legados.
Parece que el teniente Diosdado Cabello ha dicho que a quien no le guste la inseguridad que se vaya del país. Mucha gente lo ha hecho. Pero, para su desgracia, mucha otra no y actúa políticamente tratando de liberar a Venezuela de la epidemia de asesinatos. Y, por supuesto, del Estado malandro.

domingo, 10 de agosto de 2014

Patria y muerte

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Aunque Gardel haya predicado lo contrario, diez, quince o treinta segundos pueden ser una eternidad. Lo entiendo a plenitud el lunes pasado cuando me percato de la cercanía mortal de una pistola más grande que el rostro del adolescente que me apunta mientras me pide el reloj, el celular y la cartera.
Está ocurriendo a plena luz del día. Tres o cuatro de la tarde. Final de la avenida Casanova. Caracas. Estoy tras el volante de uno de los muchos vehículos hace rato detenidos por la descomunal tranca. A pocos metros, en la esquina, cuatro policías bolivarianos conversan distraídos.
“No uso reloj, no llevo cartera, pero tengo dinero en el bolsillo”, le digo, con el poco de voz que el miedo permite. “El celular está en la chaqueta, en el puesto de atrás”, agrego. Y cuando me vuelvo a buscarlo para entregárselos, el adolescente, flanqueado por dos más, escupe: “Si te mueves te quemo” y hace como que va a apretar el gatillo.
Entonces comprendo la gravedad de la situación. Porque el adolescente está tan asustado como yo. La pistola tiembla entre sus manos. Entro en crisis y trato de calmarlo para calmarme a mí mismo. Recuerdo escenas de Diles que no me maten de Freddy Siso cuando el personaje interpretado por Asdrúbal Meléndez implora de rodillas por su vida.
Cierro los ojos esperando el pistoletazo y pienso alocadamente. En los amigos que nos ruegan que emigremos del país. En Y salimos a matar gente, el libro de Alejandro MorenoEn la ironía de que hace años, en 1993, participé desde la UCAB en uno de los primero estudios que alertaba sobre el crecimiento exponencial del homicidio y la barbarie, publicado luego bajo el título de La violencia en Venezuela, y ahora, me digo, estoy a punto de convertirme en solo una cifra más, un objeto y no un sujeto de estudio.
Como en un flashback final, largo y melancólico, decenas de rostros se atropellan en la memoria. Los amigos, los panas inolvidables. Los padres y los hermanos. Las mujeres que he amado, hermanas, amigas, novias. Pienso que Marianella me está esperando. En Rut y en Eleonora. En Isira. Incluso en Teo, nuestro perrito fiel. Y, al final, como una pesadilla diabólica se atraviesa aquella escena de ese fracaso sin retorno llamado Andrés Izarra, ministro oficialista, carcajeándose ante las cámaras de CNN para burlarse de los muertos, de las cifras de homicidios que con rigurosidad científica aportaba esa noche el sociólogo Briceño León.
En cinco minutos la vida es eterna, cantaba Víctor Jara. Entonces, como si de un arcángel se tratara, el tercero de los adolescentes, el que parece mayor, le dice al que tiene el dedo en el gatillo: “No dispares, este hijo de… está muy nervioso y nos va a meter en un peo”. Y corren.
El conductor del carro de adelante le avisa a los policías de la esquina. Los cuatro se acercan. Caminan lentamente. Como quien está de vacaciones. Uno de ellos, la mujer, me pregunta: “¿Es verdad que lo atracaron con un arma? ¿Quiere poner la denuncia?”. No le respondo. Los miro en silencio, como hace alguien que sabe que está siendo tomado por tonto. “Si no quiere que lo ayudemos, entonces jódase”, dice y me dan la espalda.
Mientras los veo alejarse una tonelada de adolorida tristeza y desamparo infinito me aplasta contra el volante que abrazo. El dolor de recodar que solo en Caracas han ingresado a la morgue de Bello Monte, en lo que va de año, 2.900 cadáveres de venezolanos asesinados. Que en el año 2013 murieron en las mismas condiciones, la mayoría abaleada, 25.000 personas. Y que en los catorce años de gobierno rojo el acumulado de asesinatos asciende a 200.000.
Veo la espalda de los cuatro pusilánimes de uniforme verdinegro y pienso que los venezolanos de estos tiempos somos unos desamparados. Que no tenemos un Estado que nos garantice el derecho a la vida. Ni policías que nos protejan. Jueces que castiguen a los criminales. Cárceles dignas donde se les reeduque. Pienso, de acuerdo a la propaganda oficial, que lo único que tenemos es patria. O muerte. O, mejor, patria y muerte.

domingo, 13 de julio de 2014

TULIO HERNÁNDEZ
Planeta fútbol

13 DE JULIO 2014 - 00:01
Tal vez sea por lo fácil de entender. Cualquiera, sin entrenamiento previo, capta de inmediato que el objetivo es meter el balón en el arco del equipo contrario. Así de simple. No hay figuras complejas como el strike, esa abstracción que ocurre cuando la pelota atraviesa por un rectángulo imaginario dibujado en el espacio.
O quizás, como decía el filósofo Juan Nuño, sea por el hecho de que el tiempo del juego es igual al de la calle. Los noventa minutos establecidos son exactamente los mismos que los de la vida real. Cuando el final se aproxima y los minutos se agotan ocurre como con la muerte. No hay manera de impedirlo.
No es como en otros deportes donde el tiempo no existe o se puede estirar o acortar a discreción. Como una banda elástica. En el beisbol nadie mira el reloj. El tiempo lo marca el pitcher. Pone el pie en el boxy comienza. Lo retira y se paraliza.
También se le puede atribuir al hecho de que ningún otro deporte escenifica mejor aquello de la sublimación de la guerra. Cada equipo tiene su territorio. El otro lo va a invadir. Si le mete el balón en el arco ocurre algo así como un misil que da en el blanco. Una suerte de vejación. No hay nada más parecido al fusilamiento que un penalti. Y el campo de batalla es inmenso, como un país.
Por lo pequeñas, no se puede escenificar la guerra en una cancha de básquet o de voleibol. Menos en el beisbol o en el golf donde los competidores, como en la democracia, se alternan en el uso del mismo terreno. No hay conquista. Los goles se hacen penetrando el terreno del contrario, las carreras en cambio son una especie de viaje épico sembrado de obstáculos que el bateador debe sortear para regresar triunfante a casa.
Es freudiano. Un gol es siempre una penetración. Generalmente dramática. El arquero suele quedar tirado en el piso, humillado, y cada gol se celebra con efusión. El penetrador salta, corre, grita, se retuerce, incluso llora, como en un orgasmo compartido con el resto del equipo y con lo que ahora se ha dado en llamar el jugador numero doce, los hinchas.
No importa cuáles sean las razones que lo explican, hoy todos sabemos que el fútbol se ha convertido en el gran deporte planetario y los futbolistas destacados, en los nuevos ídolos de la sociedad global. Los fanáticos más extremos lo resumen así: “Hay dos tipos de deportes, el fútbol y los demás”. Y no les falta razón. Con mayor o menor presencia en algunos lugares claves del planeta, como Estados Unidos y China, el fútbol se ha convertido en el deporte capaz de convocar el mayor número de personas en torno a una competencia entre equipos que representan con emoción profunda al Estado-nación. Algo que ni siquiera los juegos olímpicos pueden lograr.
Hoy domingo por la tarde, cuando este artículo tendrá horas de haber sido publicado, millones de ciudadanos de todos los continentes, como en una ceremonia religiosa globalizada, estarán reunidos frente a millones de pantallas de televisión esperando el encuentro entre América y Europa, Argentina y Alemania.
Y mañana, millares de textos circularán en la prensa y las redes sociales, intentando explicar otro episodio más de un fenómeno que se ha vuelto teológico. Uno de sus sacerdotes, Juan Villoro, ha escrito que Dios es redondo. Maradona acuñó aquello de “la mano de Dios” y en Argentina algunos lo tratan como tal. Los capos colombianos del narcotráfico, en la búsqueda de la beatificación, se hicieron de equipos de fútbol. El de Pablo Escobar, el Atlético Nacional de Medellín, en 1989, conquistó por primera vez para un club colombiano la Copa Libertadores de América. Un juego de las eliminatorias para el Mundial de México, en 1970, fue el detonante de una guerra entre El Salvador y Honduras. En Brasil salieron días atrás a quemar autobuses y saquear tiendas solo porque su equipo nacional fue humillado por los siete goles del equipo alemán.
Es el fútbol, esa próspera maquinaria de fabricación de dioses terrenales, que se mueve –como casi toda aventura humana– entre el esplendor y la miseria.


domingo, 6 de julio de 2014

Tiempos de desconfianza

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El pasado domingo 22 de junio, en horas de la tarde, me encontré en Facebook una advertencia del sociólogo Luis Gómez Calcaño a propósito de “Sí hay salida a la crisis”, el manifiesto publicado ese día en la prensa nacional. El agudo investigador del Cendes-UCV escribió: “Sólo me extraña que Tulio Hernández aparezca entre los firmantes”.
De inmediato respondí que el Tulio Hernández que aparecía firmando no era el mismo autor de esta columna, que efectivamente yo no había firmado ese documento y que ni siquiera a esa hora de la tarde conocía su contenido porque no había leído aún la prensa dominical.
Rápidamente recibí una llamada de los promotores del manifiesto presentando convincentes disculpas por la confusión y ofreciéndose a realizar de inmediato una aclaratoria pública. Acepté con gusto las disculpas, pero me pareció poco oportuno hacer aclaratoria alguna. Al día siguiente, la diputada Machado, una de las promotoras del manifiesto, debía presentarse ante los tribunales para declarar a propósito de esa ópera bufa llamada “magnicidio” y me pareció incorrecto hacer ruido a lo más importante de esos días: apoyarla en su lucha contra el abuso de poder rojo.
Han pasado varias semanas y prácticamente todos lo días me encuentro con alguien que me interpela sobre la firma. Algunos de manera educada, con sincera curiosidad. Otros, los menos, sin detenerse a preguntar qué pasó, con una preocupante dosis de agresividad. Sin dejarme explicar actúan como un católico cerrero que me encontró entre los “abajofirmantes” en un documento de apoyo al matrimonio gay o como un comunista trasnochado, “mamertos” los llaman gráficamente en Colombia, que me vio tomando a escondidas Coca-Cola en Miami.
Lo que ha ocurrido desde entonces ha sido interesante. Me ha servido para constatar en piel propia la manera como una parte, no se cuán grande, de los demócratas que adversan el proyecto militarista rojo han sido igualmente atrapados por, junto al miedo, el sentimiento dominante en la sociedad venezolana: la desconfianza. Que es madre y partera de la intolerancia.
No importa si se trata de aquel que cuenta que un mesonero del Este de Caracas, que es su amigo, presenció dos días antes del diálogo en Miraflores el momento cuando “Pedro Carreño le pasó a Ramón Guillermo Aveledo por debajo de la mesa un maletín repleto de dólares”. O del otro que, con cara de semiólogo en tribunal, nos explica el “arreglo obvio” que hay en el carcelazo a Leopoldo López, y detalla el cariño protector con el que lo abrazaba el general a quien se entregó, el hecho de que no lo esposaran, el megáfono que le dieron para que se dirigiera a la multitud. Mucho gato encerrado, dicen ambos.
En un sociedad en la que cada vez menos personas están dispuestas a cumplir las normas; en donde la mayoría ni siquiera las conoce y, por tanto, no puede distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo ilegal y lo contrario, y donde el presidente de la república, espurio pero presidente, informa que se robaron 20.000 millones de dólares y no abre un proceso de gran escala para identificar quiénes desde el aparato de poder lo permitieron, obviamente es muy difícil liberarse de la desconfianza.
Pero, obviamente también, si los demócratas queremos construir un proyecto alterno, que libere al país de la debacle heredada de la segunda etapa del bipartidismo y de la degradación moral del chavismo, hacer un esfuerzo por cultivar la confianza como base para la construcción de la nueva mayoría no es una opción, es una obligación.
Cómo se puede condenar a los rojos por su negativa al diálogo si no somos capaces de tenerlo sinceramente entre nosotros. Y para que el diálogo exista tiene que ser hecho sobre ideas, concepciones, proyectos, visiones de futuro, diagnósticos certeros sobre el tipo de poder al que nos enfrentamos. Lo demás es lectura de encuestas, listas y cálculo electoral, recursos útiles en una sociedad sana pero insuficientes y suicidas en una donde la democracia está entubada, respirando apenas, en la sala de terapia intensiva.

domingo, 29 de junio de 2014

TULIO HERNÁNDEZ

“Cuando digo como el sol del domingo”

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Escribo estas notas luego de asistir al sepelio del expresidente Ramón J. Velásquez. Fue un acto sencillo, austero y transparente. Como su vida. Por generosidad de sus hijos, que agradezco, me correspondió ser una de las personas encargadas de ofrecer palabras de despedida. Lo hice como un honor, el que significa decir adiós a uno de los hombres públicos más productivos, íntegros y apreciados de los siglos XX y XXI venezolano, y con un gran afecto, el que genera la gratitud de la amistad.

Comencé las palabras citando fragmentos de un texto suyo. “Cuando digo como el sol del domingo”, se titula. Un breve escrito que forma parte de un libro inédito de la escritora tachirense Leonor Peña, amiga y colaboradora de Velásquez. Un texto evocativo y poético que comienza diciendo: “El sol del día domingo es mi sol… el sol de San Cristóbal... el de los domingos de mi niñez... iluminados por la alegría… hablo de lo que significaba un domingo para el hombre de esa tierra... un día pintado de luz por la naturaleza, por Dios. Había más sol, campanas... gente con traje de domingo. Nos visitaban los amigos porque era domingo”. Y así, luego de una detallada descripción de los paseos dominicales con su padre, Ramón J. Velásquez termina diciendo: “Por eso cuando la visita de un amigo ilumina mi casa, cuando un regalo que viene del Táchira llega a mi casa, digo que llegó con luz del domingo”.

No cité este texto al azar. Lo hice porque “cuando un amigo ilumina mi casa” resume una de las cualidades mayores de este caballero tachirense, su altísima valoración de la amistad, su preocupación e interés permanente por los demás, su gusto inmenso por una buena conversación y su afecto y generosidad sin límites, que lo convirtieron a juicio de muchos en uno de los venezolanos que ha tenido más amigos.

Además de la amistad, cinco son las vocaciones que de manera armónica, como un tejido, entrelazadas una a la otra, sin jerarquías, marcaron la vida y obra de Velásquez. Primero, el país y su destino político. Segundo, el estudio de la historia. Tercero, la memoria y la construcción de instituciones. Cuarto, el periodismo. Y quinto, la vocación de maestro.

Más que un político o un servidor público, que lo fue, Ramón Velásquez hizo del país, de su destino y de la democracia, su gran pasión. En su vida, destino individual y destino colectivo se fundían sin distancia alguna. Fue testigo y protagonista, al mismo tiempo que cronista y analista de las grandes transformaciones que a partir de la muerte de Gómez condujeron a la aparición de los partidos políticos modernos y luego a la democracia. Y en ese proceso le correspondió ejercer desde el oficio de ministro y senador, hasta el de Presidente de emergencia y capitán encargado del llevar a puerto seguro el barco herido de la democracia.

Fue un intelectual muy productivo, pero no un académico en el sentido convencional del término, sino un autor entregado a la interpretación histórica del país siempre a la luz de la acción política. Dos de sus obras, La caída del liberalismo amarillo y Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez son referencia obligada al momento de entender el devenir nacional.
Convencido de la importancia de la memoria histórica entregó energía y años de su vida a concebir y organizar instituciones como el Archivo Histórico de Miraflores, la Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano, los colosales proyectos editoriales sobre el Pensamiento Político Venezolano o la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses.

Y, al principio como reportero, luego como director de diarios,  al final ejerciendo la opinión, hizo del periodismo un instrumento de su otra gran pasión: enseñar y explicar. Porque en el fondo, como sus padres, era un gran maestro. En el sentido más noble del término. Un educador en acción permanente.

Mientras veía como se alejaba el carro fúnebre con sus restos suspendí la tristeza al percatarme que hacía un día muy soleado y luminoso. Como uno de esos domingos de su infancia. Como la visita de un amigo.

domingo, 22 de junio de 2014

La mala conciencia del Monje Loco

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Para expresarlo en términos del habla popular venezolana, le dijo hasta del mal que se iba a morir. No le dijo tonto, pero lo sugirió. Tampoco corrupto, lo insinuó. Ni bruto, pero casi. Le dijo que era alarmante verle ejerciendo el poder sin trasmitir liderazgo alguno. Lo acusó de haber creado un inmenso vacío de poder en la presidencia. Le estrujó en el rostro el desconocimiento absoluto del hecho económico; la toma de decisiones inconsultas guiado por intereses particulares de asesores extranjeros; el desorden en el gasto fiscal; el uso desmesurado de recursos del Estado con fines electorales; complicidad con la corrupción, y, ¡anatema!, haberle abierto el camino de regreso a los actores privados capitalistas.
Pero desde su perspectiva de Savonarola caribeño, el pecado mortal, el que el acusado pagará en las pailas más hirvientes del infierno, ha sido traicionar el proyecto socialista de Hugo Chávez y convertir en fracaso inocultable –de escasez, desabastecimiento e inflación– lo que hasta el momento en que el Comandante Eterno estuvo vivo fue éxito puro y victoria revolucionaria.
Todo esto y mucho más fue parte del ametrallamiento ideológico al que Jorge Giordani, ministro rojo de Planificación desde 1999 hasta 2012, sometiera la semana que hoy concluye a Nicolás Maduro, convertido en espurio presidente de Venezuela con una pequeña y  cuestionada diferencia  en las elecciones de 2013.
Si el autor de las acusaciones hubiese sido otro, un opositor más o un jefe rojo cualquiera, el hecho no hubiese tenido trascendencia. Pero quien habla, además de dos veces ministro de Planificación, directivo de Pdvsa y el Banco Central, es nada más y nada menos que uno de los más cercanos, influyentes y permanentes entre los mentores políticos del Comandante Supremo, maestro y confidente ideológico desde los tiempos de la cárcel de Yare y uno de los más activos autores de la Agenda Alternativa Bolivariana, el plan de gobierno de la candidatura presidencial en 1996.
El texto en cuestión, una carta pública en la que Giordani, con el título de “Testimonio y responsabilidad ante la historia”, rinde cuentas al país luego de 12 años formando parte del gabinete, es uno de los más importantes documentos que un alto jefe del socialismo del siglo XXI haya puesto a circular más allá de su adeptos; el primer gran alegato conceptual y por escrito –con citas bibliográficas de metodología académica para que no queden dudas– sobre la profunda fractura interna en el proyecto rojo; y un tomatazo epistemológico en pleno rostro al ya desvencijado prestigio del hombre que habla con pajaritos médiums.
Será en el futuro un documento fundamental para entender este proyecto político que lo tuvo todo a su favor y lo dilapidó. No solamente porque revela y acepta el fracaso de 2012 en adelante, sino porque en el esfuerzo por lavarse las manos y evadir sus responsabilidades y las de Hugo Chávez, intentando construir una épica alucinada de sus logros, confiesa los principio y creencias sobre los que fueron edificando la catástrofe nacional.
Si Giordani, a quien algunos de su entorno le llaman el Monje Loco, fuese seguidor de Cortázar hubiese titulado su rendición de cuentas “Instrucciones para destruir un país”. Porque eso es en el fondo el documento, la confesión de cómo en pleno siglo XXI, un académico y actor político influyente sigue atrapado en una anacronía, en algo –el monopolio absoluto del Estado, la exclusión de la iniciativa privada– que hasta las últimas potencias comunistas, luego de largos ciclos de empobrecimientos de sus pueblos, hace tiempo dejaron de creer.
El Monje Loco original, si tienen dudas pregúntenle a Google, fue un exitoso personaje de la radio mexicana de los años treinta del siglo pasado. Contaba relatos de horror mientras tecleaba en un órgano tétricas melodías que anunciaban tragedias. Cualquier parecido con la realidad venezolana es pura coincidencia. Pero los monjes, cuerdo o locos, que han cometido fechorías también aspiran al perdón de Dios. O de la historia.