domingo, 10 de mayo de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 10 DE MAYO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

Tiran(í)a 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


e trata de un juego de palabra. Tirana es el nombre de la capital de Albania. Y Tiran(í)a, el de un exposición montada en el año 2002 por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, la capital de Cataluña. La exposición se llamaba así, Tiran(í)a, porque trata de reconstruir las espantosas huellas dejadas por la peculiar dictadura del tirano comunista Enver Hoxa en la ciudad de Tirana.

La muestra era la primera de una serie de retratos de ciudades que habían permanecido ocultas a la mirada extranjera. Y Tirana era un ejemplo excepcional. Durante los años que duró el régimen comunista, instaurado por el Partido del Trabajo bajo la jefatura de Hoxa en 1944, Albania se aisló del resto del mundo y entró en conflicto con todos los países, incluyendo los del bloque soviético al que inicialmente había pertenecido y al que las autoridades de Tirana, luego de la muerte de Stalin, consideraron traidores a las esencias ideológicas del marxismo.

A partir de 1967, Albania fue, además, el único país del planeta declarado oficialmente ateo. Las iglesias fueron clausuradas. La propaganda religiosa se consideró crimen de Estado con penas de hasta diez años de prisión. El único culto permitido y oficialmente promovido, era el que giraba en torno al Udhêhequesi, el término albanés equivalente al Fûhrer en alemán, Duce en italiano o Caudillo en español, con el que se designaba a Hoxa.

A partir de 1968 quedó totalmente prohibida la salida del país salvo por razones oficiales. Hoxa no quería que los albaneses se contaminaran en el extranjero. El régimen promovía la idea de que en Albania socialista había nacido el "hombre nuevo". Un tipo humano que por la pureza de sus valores, sus niveles de formación ideológica y su preparación profesional, era una especie de ser superior sin precedentes. Sus rasgos personales se definían en manuales editados por millares: no conocía la fe religiosa; daba prioridad a los intereses de la nación por encima de los personales y familiares; era un "animal político" orientado por la brújula política del proletariado, implacable en la lucha contra los "enemigos de clase". Un ser moralmente puro que había superado todas las limitaciones humanas tanto las del capitalismo como las del revisionismo soviético.

En la realidad otra cosa ocurría. Los estudiosos cuentan que debido a la escasez y el desabastecimiento los albaneses practicaban robos masivos en las empresas socialistas, los campesinos organizados en cooperativas contrabandeaban con sus productos, se fue creando un mercado paralelo equivalente a lo que hoy en Venezuela se conoce como "bachaqueo" y un sistema de trueque donde la gente cambiaba, por ejemplo, bicarbonato por tubos de estufa o suelas de zapato por picadura de tabaco.

Todo esto lo reseñaba muy bien aquella exposición del CCC, pero la instalación más conmovedora e inolvidable era la de los presos del régimen. En un largo pasillo a oscuras el espectador atraviesa en medio de un centenar de retratos en blanco y negro, en su mayoría de hombres, que parecen flotar en el aire. Sobre cada retrato pende un bombillo encendido que el espectador de inmediato asocia con escenas de tortura o  funerarias.

Se trata de apenas una muestra de los aproximadamente 20.000 prisioneros políticos que pasaron por las cárceles comunistas albanesas entre 1945 y 1990. Una cifra aterradora si tenemos en cuenta que la población de Albania llegaba apenas a los dos millones de habitantes. La mayoría de esos presos eran condenados por delitos de "traición a la patria", "agitación y propaganda" o "atentados contra la dictadura del proletariado". Mil de ellos murieron por torturas. Siete mil fueron ejecutados.

Por suerte para el espectador, al final de la exposición se encuentra con una fotografía de gran formato, tomada el 20 de febrero de 1991, el día final de la dictadura, que muestra mientras cae una descomunal estatua de Enver Hoxa derribada por una multitud iracunda. De nuevo en la calle, el espectador concluye que, incluso en Albania, siempre queda la esperanza. 


Ayer tropecé en mi biblioteca con el catálogo de Tran(í)a. Volví a hojearlo y sentí, años después, que ahora muchos de aquellos relatos me resultan familiares. Cercanos.

domingo, 3 de mayo de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 03 DE MAYO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

El cielo en la Tierra"Intoxicados de ideologías fundamentalistas desprecian los derechos humanos"


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


n el Museo Tuol Sleng, en Phnom Penh, se encuentra una pieza perturbadora, un mapa de Camboya hecho con 300 cráneos humanos reales. Es un lugar dedicado a conservar la memoria de los horrores cometidos por el régimen de Pol Pot y los llamados jemeres rojos, comunistas de filiación maoísta, durante los años que gobernaron de manera sangrienta a la nación asiática.

El edificio que hoy ocupa el museo fue por esos años oscuros prisión y centro de torturas. Los cráneos pertenecen a una muestra de los aproximadamente 20.000 prisioneros que pasaron por el lugar. Solo sobrevivieron 7. Entre los archivos allí reunidos y exhibidos se encuentra el escalofriante registro fotográfico de cada una de las víctimas antes de ser torturadas, durante las torturas y después de muertas.

Para tener una idea de las dimensiones del genocidio cometido por aquella secta de revolucionarios alucinados, es necesario recordar que cuando los jemeres tomaron el poder Camboya tenía una población de 7,3 millones de habitantes y, 4 años después, en 1979, cuando fueron desalojados por una invasión vietnamita, la cifra se había reducido a 5 millones.

En apenas 4 años más de 2 millones de camboyanos habían muerto víctimas de enfermedades en los trabajos forzados para recuperar la agricultura, torturados o directamente ejecutados en las cruentas purgas políticas que el régimen solía practicar persiguiendo lo que en la jerga de los gobernantes rojos se conocía como "el enemigo interno". En cifras brutas, comparadas con las de otros genocidios, los de Hitler, Stalin o Mao, la cantidad parece modesta, pero cuando se analiza con relación al total del país estamos hablando de la desaparición de prácticamente 25% de la población. Probablemente uno de los más grandes genocidios de la historia.

Como lo han demostrado estudios posteriores, y como sucede con todo proyecto político conducido por fanáticos y psicópatas, Pol Pot y sus seguidores se hallaban movidos por la creencia de que eran portadores de una misión moral suprema que les autorizaba a usar todos los métodos posibles, no importa cuánto dolor infligieran a sus congéneres, con tal de lograr la meta final.

En ese camino apenas tomaron el poder vaciaron las ciudades ­los urbanos eran malos, los campesinos buenos­; las escuelas, las universidades y los monasterios budistas fueron cerrados ­el conocimiento era burgués; los intelectuales, unos cómodos, y la religión, opio del pueblo­; eliminaron la propiedad privada, abolieron la moneda y los mercados, se castigaba el ocio y la recreación, todos los ciudadanos estaban obligados a realizar las tareas para la "organización revolucionaria" que les fueran asignadas por los gobernantes. Nadie podía disentir del partido. Había que matar a los "indeseables burgueses". Y los más indeseables eran los artistas, los maestros, los médicos, en general la clase media profesional. Como lo han descrito muchos autores, el país se convirtió en un inmenso campo de concentración agrario.

Lo peor es que al comienzo el acontecimiento fue celebrado por una buena parte de la prensa occidental. El desprestigio y los abusos de las tropas estadounidenses, que además de la debacle de Vietnam, entre otros hechos habían bombardeado cruelmente Camboya bajo el gobierno de Nixon, le daban a Pol Pot y su proyecto nacionalista un cierto aire de heroísmo antimperialista. Pero muy pronto se sabría la verdad.

Escribo esta nota el último día de abril. La pesadilla de Pol Pot y el Partido Comunista de Kampuchea comenzó en abril de 1975. Hace exactamente 40 años.

La escribo como homenaje a los millones que sufrieron muerte y persecución. Y a sus descendientes. Pero también como recordatorio del dolor humano y las tragedias colectivas que pueden generar aquellos "salvapatrias" que intoxicados de ideologías fundamentalistas desprecian los derechos humanos y las libertades democráticas porque creen que existen fórmulas acabadas, principios inamovibles, para imponer el cielo en la Tierra.

domingo, 5 de abril de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 05 DE ABRIL DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

Entre Felipe González y Pinochet
"No le ha temblado el pulso para enfrentar el autoritarismo, sea del gran capital o del proletariado"


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


No es la primera vez que el expresidente español Felipe González decide intervenir en un país latinoamericano con el propósito explícito de colaborar en la liberación de presos políticos detenidos por un gobierno autoritario.

En 1977, cuando apenas tenía 35 años de edad, y aún no había llegado a la Presidencia de la República, el secretario general del Partido Socialista Obrero Español, un líder joven pero que contaba ya con una gran prestigio internacional, viajó a Chile a defender a el exsenador Erich Schnake y al operador bancario Carlos Lazo. Dos socialistas chilenos que, bajo los cargos de sedición y traición, habían sido condenados por la dictadura del general Augusto Pinochet a largos años de prisión.

Además de su carisma personal, González llevaba consigo el entusiasmo que generaba la transición española del franquismo hacia la democracia. Ya se habían realizado las primeras elecciones generales, Adolfo Suárez las había ganado, pero González se había consolidado como el más importante líder del más sólido partido de oposición.

Acompañado por tres periodistas de reconocidos diarios españoles, Felipe González fue autorizado por el gobierno que aún mantenía a Chile bajo toque de queda y una implacable represión a realizar una corta visita de tres días a Santiago, la capital. Ya habían transcurrido cuatro años del cruento golpe de Estado, miles de chilenos habían sido asesinados, desaparecidos o condenados a prisión. Y como la dictadura lo controlaba todo, había quienes consideraban que había llegado la hora de realizar algunos gestos que suavizaran su tétrica imagen internacional. En ese contexto se autorizó el viaje.

González, han contado los periodistas que le acompañaron, entre ellos Joaquín Prieto de El País, tuvo unas jornadas intensas. Aunque seguido permanentemente por funcionarios del gobierno, se movió con cierta libertad. Recibió a familiares de desaparecidos, fue incluso recibido por la ministra de Justicia y el presidente del Tribunal Supremo y, lo más importante, logró visitar en la cárcel de Capuchinos a Schnake y Lazo.

La propuesta que llevaba González al gobierno de Pinochet era la de pedir el cambio de la pena de cárcel por el extrañamiento a otro país. Transcurrido varios meses, y dentro de la política de ablandamiento de la imagen internacional, la dictadura chilena liberó a un grupo importante de presos. Entre ellos se encontraban  Schnake y Lazo. Schnake se radicó en España y así Felipe González terminó exitosamente su periplo libertario por un Cono Sur por entonces atenazado por los militares, el miedo y la represión.

Lo que vino después ya es historia conocida. En 1982 comenzó a ejercer la presidencia de España y bajo su gobierno el país vivió un crecimiento económico que la transformó para siempre y logró consolidar un sistema de salud pública que se convirtió en modelo y referencia internacional. Luego fue reelecto como presidente, y a pesar de la página oscura del GAL, se convirtió en un emblema de estadista democrático.

Hacer chistes azufrosos sobre George Bush o difamar a Álvaro Uribe es relativamente fácil. Pero no ocurre lo mismo si se trata de hacerlo con Felipe González. Las consecuencias son distintas. Bush y Uribe son símbolos de oscuras derechas, violadoras de los derechos humanos, mientras que González es uno de los dirigentes políticos más prestigiosos de la izquierda europea quien, junto a Adolfo Suárez, será recordado como uno de los más importantes artífices de la reconstrucción democrática de España luego de la larga, oscura y militarista noche del franquismo.

Felipe González es, además, uno de los más respetados estadistas europeos, entre otras razones por su sólida formación intelectual y porque, desde muy joven, no le ha temblado el pulso para enfrentar el autoritarismo ya sea este ejercido en nombre del gran capital o del proletariado. Casi cuatro décadas después, ahora patriarca y con canas, vuelve a América Latina a defender presos políticos.

domingo, 22 de marzo de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 22 DE MARZO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

Las muñecas también lloran
"Brito era un gran etnógrafo 
de lo invisible.
Fotografiaba lo no evidente"



TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


la entrada de nuestro apartamento cuelga discretamente un enigmático retrato a color de una de las legendarias muñecas de Armando Reverón, el gran pintor del siglo XX venezolano. Las muñecas han alimentado grandemente la leyenda de exotismo y locura que se tejió alrededor del artista que se hizo ermitaño y austero en su Castillete de Macuto mucho antes de que los hippies entraran en escena. No son, por supuesto, muñecas "bonitas", como esas industriales con las que juegan las niñas urbanas. Son extrañas figuras de tamaño natural, hechas con telas de desecho, que acompañaban a Reverón en la intimidad de su hogar.

El autor de este retrato a color es Luis Brito, "El Gusano", como le conocíamos sus amigos, uno de los más grandes y prolíficos fotógrafos de la Venezuela contemporánea quien, para dolor de muchos, partió de este mundo dos semanas atrás víctima de un infarto fulminante.

El retrato tiene algo de aparición. De dulce fantasmagoría. La mirada del fotógrafo ha cortado la figura a la altura del torso. No vemos su cabeza, sus hombros, ni sus senos. Vemos la muñeca sentada, solitaria, como suspendida en el aire sobre un fondo absolutamente negro. Las manos y las piernas hechas de telas y formas toscas tienen el gesto de quien está a la espera o se dispone a levantarse. Una transparente falda de liencillo color ladrillo le confiere un no sé qué de bailarina y se vuelve el corazón cromático de la composición.

El retrato corresponde a una serie de muñecas de Reverón que El Gusano registró para una exposición en la Galería de Arte Nacional. Como solía hacerlo, se encerró con el grupo de muñecas a trabajar por varias semanas en el auditorio del Museo de Bellas Artes. Aquel encierro generaba inquietud y curiosidad. Brito estaba sumido en su mundo. Angustiado.

Las muñecas ­decía­ no le daban nada a su cámara y él las quería vivas, no muertas. Más tarde contaría que comenzó a colocarlas sobre una tela negra y las muñecas, como si hubieran entendido su propósito, ahora se arreglaban, adoptaban formas y miraban frontalmente a la lente. Como cuenta Alexis Trujillo, en el catálogo de la exposición Están allí, habían aceptado que Brito las fotografiara y posaban para él. Como retándolo.

El resultado no fue un registro técnico de las muñecas hecho con la mayor fidelidad posible para el catálogo de una exposición. Todo lo contrario. Los retratos que Brito presentó luego eran una nueva creación. Otras muñecas. Brito, las había interrogado una a una, leído como un psiquiatra las huellas de violencia en sus cuerpos, mirado sin miedo en su extraña y trémula belleza y había entrado en su mundo de tinieblas tal vez persiguiendo las brumas de Reverón. Había logrado el milagro de revivirlas, de crear sobre la obra del creador de Macuto, aquel que aprendió a mirar el sol del trópico sin pestañear.

Porque, en definitiva, esa es la constante de la obra de Brito. No hay espacio para lo bonito en el sentido decorativo del término. La monja de hábito negro que mira severamente a la cámara no es una monja, es la institución eclesiástica de siglos. El hombre de lentes oscuros en la procesión de Semana Santa en Caracas no es él, es la condensación de los misterios de la religiosidad popular.

Sus ángeles nunca aparecen completos como en la iconografía religiosa oficial, son retazos de ángeles, fragmentos de ángeles, puestos a dialogar con el vacío del cielo y la textura de las nubes, como si tuvieran dudas de su propia condición.

Porque en el fondo, sin saberlo, Brito era un gran etnógrafo de lo invisible. Fotografiaba lo no evidente para escarbar a fondo en la condición humana. Tal vez su aporte mayor era la capacidad de sacar el objeto fotografiado de la rutina para llevarlo a la condición de símbolo arquetipal.

La mañana de domingo cuando nos avisaron del adiós, Marianella Montenegro, mi esposa, bajó el cuadro y me mostró para que leyera lo que allí estaba escrito. Decía: "Esto es un acto de amor para esta familia, Tulio mi hermano, Marianella mi hermana. Certifico que los amo. Gusano. Caracas, 4/2/2003.". No pudimos evitar las lágrimas. La muñeca tampoco. 

domingo, 15 de febrero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

De una era a otra 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o contó Pedro León Zapata a mediados de los años 1970 en un foro sobre humorismo en la Escuela de Sociología de la UCV. Eran tiempos cuando una buena parte de América Latina se hallaba tomada por dictaduras, violencia guerrillera y guerras civiles. Venezuela en cambio, junto a Costa Rica, era una excepción de paz. Un oasis.

Para entonces ya nadie, o tal vez muy pocos, creían en la salida guerrillera o el golpismo militar. La convivencia pacífica no era una posibilidad, era un hecho. Leoni había iniciado a mediados de la década 1960 la pacificación del país, Caldera la había profundizado y Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, años 70, había ido más lejos incorporando en altos cargos a ex militantes del MIR y el Partido Comunista.

Por sus evidentes méritos, el gobierno de Carlos Andrés Pérez le había conferido a Zapata, miembro egregio de la izquierda cultural y severo crítico de su gobierno, la orden Andrés Bello. Y Zapata la había aceptado. En Miraflores, cuando se disponía a colocarle la distinción el presidente Pérez le dice al caricaturista: "Quién lo iba a decir  Pedro León, ¡yo, condecorándolo a usté!" y Zapata, eso fue lo que contó aquella tarde risueña, con la agilidad mental que lo caracterizaba, responde algo así como: "No se preocupe presidente que la vergüenza es mutua".

A la ultraizquierda y los marxistas ortodoxos, que en Sociología tenían una variada representación ­había desde maoístas hasta estalinistas­ la anécdota no les hizo mucha gracia. Al aceptar esa condecoración Zapata, como los militante del MAS, el MIR y la Causa R que habían entrado el juego democrático, se había convertido para ellos en un colaboracionista, un traidor a la revolución. Los demás, en cambio, celebramos festivamente el desplante pues revelaba de modo genial el espíritu democrático de la nueva izquierda que había roto con los modelos del totalitarismo comunista pero mantenía su crítica implacable a los gobiernos de AD y Copei.

Zapata fue a un mismo tiempo un gran caricaturista y un extraordinario pintor, un artista plástico integral. También un activo e influyente intelectual público y un persistente defensor de los derechos humanos. Ahora que ya no está con nosotros, y que por estos días hemos escuchado y leído los más hermosos, agudos y agradecidos comentarios sobre su vida y su obra, aquella anécdota adquiere una gran significación pues expresa de manera contundente algunos rasgos que lo caracterizaron: su capacidad para recurrir al humor incluso en los momentos más protocolares; su actitud permanentemente crítica con el Poder, y su creencia profunda en la convivencia democrática y el respeto por el otro, incluso cuando se trataba de un adversario político.

Zapata fue un severo crítico de todos los gobiernos que vivió, a ninguno se plegó y dándole voz a los excluidos en sus caricaturas siempre subrayó tres grandes males no superados ni por la democracia anterior ni por el autoritarismo presente: las grandes desigualdades sociales, el trinomio corrupción-riqueza-ostentación y los abusos de poder.

Sin embargo, todos los presidentes y gobernantes siempre lo respetaron y celebraron su genio. Salvo uno, el nativo de Sabaneta, quien ofuscado por sus críticas le atacó en una de sus largas cadenas televisivas preguntándole: "¿Zapata, cuánto te pagaron por esa caricatura?" Cada ladrón juzga por su condición, es cierto. Pero el presidente que se murió en ejercicio olvidó que su ataque era infructuoso pues apuntaban a un personaje público apreciado por todos y suficientemente conocido por su honestidad inquebrantable y su entereza ética profunda.

Entre "La vergüenza es mutua" y el "¿Cuánto te pagaron?", media el paso de una nación que apostaba por la democracia y la convivencia pacífica a otra aniquilada moralmente por la intolerancia, el verbo degradante y el pensamiento único. Entre ambas, Zapata brilla solo en el firmamento con la sonrisa de los justos, admirado por un país que le dice a coro "Gracias, Pedro León por haber existido". 
EL NACIONAL - DOMINGO 15 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

De una era a otra 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o contó Pedro León Zapata a mediados de los años 1970 en un foro sobre humorismo en la Escuela de Sociología de la UCV. Eran tiempos cuando una buena parte de América Latina se hallaba tomada por dictaduras, violencia guerrillera y guerras civiles. Venezuela en cambio, junto a Costa Rica, era una excepción de paz. Un oasis.

Para entonces ya nadie, o tal vez muy pocos, creían en la salida guerrillera o el golpismo militar. La convivencia pacífica no era una posibilidad, era un hecho. Leoni había iniciado a mediados de la década 1960 la pacificación del país, Caldera la había profundizado y Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, años 70, había ido más lejos incorporando en altos cargos a ex militantes del MIR y el Partido Comunista.

Por sus evidentes méritos, el gobierno de Carlos Andrés Pérez le había conferido a Zapata, miembro egregio de la izquierda cultural y severo crítico de su gobierno, la orden Andrés Bello. Y Zapata la había aceptado. En Miraflores, cuando se disponía a colocarle la distinción el presidente Pérez le dice al caricaturista: "Quien loina a decir Zapata, ¡yo, condecorándolo a usté!" y Zapata, eso fue lo que contó aquella tarde risueña, con la agilidad mental que lo caracterizaba, responde algo así como: "No se preocupe  presidente,  la vergüenza es mutua".

A la ultraizquierda y los marxistas ortodoxos, que en Sociología tenían una variada representación ­había desde maoístas hasta estalinistas­ la anécdota no les hizo mucha gracia. Al aceptar esa condecoración Zapata, como los militante del MAS, el MIR y la Causa R que habían entrado el juego democrático, se había convertido para ellos en un colaboracionista, un traidor a la revolución. Los demás, en cambio, celebramos festivamente el desplante pues revelaba de modo genial el espíritu democrático de la nueva izquierda que había roto con los modelos del totalitarismo comunista pero mantenía su crítica implacable a los gobiernos de AD y Copei.

Zapata fue a un mismo tiempo un gran caricaturista y un extraordinario pintor, un artista plástico integral. También un activo e influyente intelectual público y un persistente defensor de los derechos humanos. Ahora que ya no está con nosotros, y que por estos días hemos escuchado y leído los más hermosos, agudos y agradecidos comentarios sobre su vida y su obra, aquella anécdota adquiere una gran significación pues expresa de manera contundente algunos rasgos que lo caracterizaron: su capacidad para recurrir al humor incluso en los momentos más protocolares; su actitud permanentemente crítica con el Poder, y su creencia profunda en la convivencia democrática y el respeto por el otro, incluso cuando se trataba de un adversario político.

Zapata fue un severo crítico de todos los gobiernos que vivió, a ninguno se plegó y dándole voz a los excluidos en sus caricaturas siempre subrayó tres grandes males no superados ni por la democracia anterior ni por el autoritarismo presente: las grandes desigualdades sociales, el trinomio corrupción-riqueza-ostentación y los abusos de poder.

Sin embargo, todos los presidentes y gobernantes siempre lo respetaron y celebraron su genio. Salvo uno, el nativo de Sabaneta, quien ofuscado por sus críticas le atacó en una de sus largas cadenas televisivas preguntándole: "¿Zapata, cuánto te pagaron por esa caricatura?" Cada ladrón juzga por su condición, es cierto. Pero el presidente que se murió en ejercicio olvidó que su ataque era infructuoso pues apuntaban a un personaje público apreciado por todos y suficientemente conocido por su honestidad inquebrantable y su entereza ética profunda.

Entre "La vergüenza es mutua" y el "¿Cuánto te pagaron?", media el paso de una nación que apostaba por la democracia y la convivencia pacífica a otra aniquilada moralmente por la intolerancia, el verbo degradante y el pensamiento único. Entre ambas, Zapata brilla solo en el firmamento con la sonrisa de los justos, admirado por un país que le dice a coro "Gracias, Pedro León por haber existido". 

domingo, 8 de febrero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 08 DE FEBRERO DE 2015SIETE DÍAS/7

Siete Días

Los demonios del militarismoEl modelo bipartidista ya experimentaba su agotamiento. Pero nadie o tal vez muy pocos ansiaban un gobierno militar


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


o importa cuánto esfuerzo haga el aparato propagandístico del chavismo y sus voceros para intentar convertirlo en un acto mítico y heroico, una vez que Venezuela vuelva a tener institucionalidad y un gobierno democrático, el levantamiento militar del 4 de febrero de 1992 será valorado oficialmente como lo que realmente fue, un vulgar, común y corriente golpe de Estado militar.

Exactamente igual en sus métodos y significados al que en 1948 le asestaran al gobierno de Rómulo Gallegos las tropas dirigidas por Pérez Jiménez y Delgado Chalbaud. Como los de Velasco Alvarado en 1968 contra Fernando Belaúnde Terry en el Perú, y Augusto Pinochet en 1973 contra Salvador Allende en Chile. O como el que intentó Antonio Tejero en España contra el gobierno de Adolfo Suárez en 1981.

Independientemente de la ideología que los haya animado ­unos de ultraderecha, otros antiimperialistas­; de la cantidad de muertos, heridos y violaciones de derechos que cada uno trajo consigo ­unos extremadamente sangrientos, otros menos­; o de sus resultados ­unos triunfantes, otros derrotados­; todas estas operaciones militares tienen en común el hecho de haber sido concebidas y ejecutadas para arrebatarles el poder por la fuerza a gobiernos democráticos, elegidos por sufragio universal, en situaciones en las que el juego político no estaba suspendido y en las que la actividad partidista era absolutamente legal y posible, y por tanto aún había espacios para resolver las crisis en escenarios democráticos.

Es decir, independientemente de las coyunturas difíciles por las que atravesaba cada país, se trató en todos los casos de actos inconstitucionales, violatorios de las leyes, en los que una cúpula o una logia militar, generalmente con el argumento de que los gobiernos democráticos a derrocar son corruptos o han sumido al país en el caos, intenta, y en algunos casos lo logra, hacerse del poder político no por vía de la votación o la rebelión popular, sino por el poder del fuego.

El golpe del 92 no fue, hay que recordarlo, una rebelión militar contra una tiranía que sojuzga a un pueblo. Como la llamada Revolución de los Claveles que sacó de juego la larga autocracia de Salazar en Portugal. Ni una revolución armada, como la cubana o la sandinista, contra una dictadura militar. Las tres con un evidente y amplio apoyo popular.

El golpe del 92 fue un cuartelazo. Una doble cobardía.Atentar contra una democracia usando la propia fuerza armada que había formado a sus líderes. Cuando el golpe de Caracas no hubo masas en la calle celebrando. En la mañana del 5 de febrero de 1992, ni en la del 27 de noviembre, nadie salió a la calle a expresar su apoyo a los militares insurrectos. Hubo perplejidad, es cierto. Tampoco nadie salió a la calle a defender la democracia. El modelo bipartidista ya experimentaba su agotamiento. Pero nadie o tal vez muy pocos ansiaban un gobierno militar.

Porque, hay que recordarlo, cada vez que los militares dan un golpe con el argumento de que se trata de poner orden y llamar de inmediato a elecciones, seguro se quedan largos años en el poder. Una década entera, los golpista de 1948. Diecisiete años, Pinochet en Chile. Y, aunque el intento del 92 por suerte fracasó, la conversión posterior de la institución militar venezolana en guardia pretoriana del proyecto rojo hecha a imagen y semejanza de Hugo Chávez ha instalado a los militares de nuevo en el poder por quince años consecutivos.

Como un ritual, todos los 4 de febrero recuerdo y vuelvo a contar la tarde cuando el expresidente Ramón J. Velásquez, en su oficina de senador de la república, pocos días después del golpe del 92, nos explicó a un grupo de amigos todavía treintones su opinión sobre el suceso. "Alguien levantó las tapas del infierno, donde varias generaciones de venezolanos, al costo de exilios, cárceles, muerte y tortura,  en 1958 logramos encerrar los demonios del militarismo", dijo. Nos miró a todos y se preguntó: "¿Cuántas décadas les llevará a ustedes volverlos a encerrar?". Ya llevamos una y media.