domingo, 18 de enero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 18 DE ENERO DE 2015OPINIÓN/7
 

Opinión

Lugar común, el odioNo importa cuántas leyes, constituciones o derechos humanos haya que violar


TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


Son diferentes pero se confunden, solapan y, en muchos casos, retroalimentan. Hablo de tres de las grandes taras que impiden la convivencia pacífica entre los seres humanos: la condición fanática, el pensamiento totalitario y la lógica fundamentalista.

La condición fanática puede estar asociada, pero no necesita del poder para ser ejercida. Y aunque el término suele asociarse a las creencias religiosas, me parece más lúcida la segunda acepción del DRAE cuando define al fanático como alguien "entusiasmado ciegamente por una cosa".

Ciegamente es la palabra clave. Califica a quien es capaz de hacer lo que sea, sin límites morales, por cualquier causa: asesinar a alguien por considerarlo miembro de una raza inferior, salir como los hooligans a patear el trasero a los adversarios, o suicidarse en grupo para reivindicar la pureza de su secta.

El totalitarismo, en cambio, es una lógica de poder y se ejerce desde el Estado. La definición que reivindico siempre es la de Tzvetan Todorov: la imposición del bien. Alguien, el partido, el caudillo, la logia militar, decide qué le conviene a la sociedad y trata de imponerlo cueste lo que cueste. No importa cuántas leyes, constituciones o derechos humanos haya que violar.

Detrás de todo totalitarismo, recuerda Todorov, está siempre el proyecto de crear una sociedad nueva, constituida por hombres nuevos, un proyecto de resolver todos los problemas de una vez por todas. Tarea que requiere para su concreción convertir un ideal único en dogma de Estado, estableciendo un Estado "virtuoso" que exige la adhesión espiritual de sus súbditos y, en consecuencia, la condena y persecución de quien se oponga.

El fundamentalismo, por su parte, es un término que se corresponde con el orden de las creencias y hace referencia a la aplicación intransigente de una determinada doctrina, generalmente producto de una interpretación literal de sus textos sagrados o políticos ­la Biblia, el Corán o el Libro Rojo­ obviando el hecho de que toda reflexión humana es producto de una época, un tiempo histórico y una cultura.

El fanatismo pareciera haber sido acompañante eterno de la experiencia humana. El totalitarismo tuvo su momento de auge en el siglo XX pero, aunque haya hoy en el planeta más democracias que nunca antes, ha mutado en sus métodos para seguir con vida en el XXI. Y el fundamentalismo, especialmente en su versión islámica de la guerra yihadista, no ha hecho más que crecer y cobrar fuerza tal y como lo acabamos de ver en el atentado terrorista a la revista Charlie Hebdo y en las imágenes frecuentes de fanáticos cortándole el cuello a occidentales frente a la cámaras.

El fanatismo, asociado al totalitarismo y al fundamentalismo, conduce a un mismo punto, el odio. La división de la humanidad entre dos partes mutuamente excluyentes ­fieles e infieles, revolucionarios y contras, puros e impuros­ es esencial para su existencia.  La conversión de las creencias políticas en fe religiosa y principio de exclusión moral, también.

Nadie sabe cuándo en su país se está gestando un movimiento a la vez fanático, totalitario y fundamentalista. Pero cuando un alto vocero chavista sentencia algo así como: "Si eres cristiano tienes que ser chavista". Cuando otro declara a la prensa: "Si no eres chavista no eres venezolano". O cuando un vicepresidente amenaza: "Cuídense porque en Ramo Verde (para los extranjeros, la cárcel donde está Leopoldo López secuestrado) hay mucho espacio", hay que preparase para lo peor.

Los sobrevivientes del ataque a la escuela de Peshawar, en Pakistán, el pasado diciembre, cuentan que los criminales mataron a los 132 niños recitando una y otra vez, y haciéndoselo recitar a sus víctimas: "No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su mensajero". 

lunes, 12 de enero de 2015

EL NACIONAL - DOMINGO 11 DE ENERO DE 2015
OPINIÓN/6


Opinión
Equívoco final 
http://impresodigital.el-nacional.com/ediciones/2015/01/11/images/20150111_ESCE8_6_3_A1.jpg
TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


http://impresodigital.el-nacional.com/ediciones/images/ampliar.gif
http://impresodigital.el-nacional.com/ediciones/2015/01/11/images/20150111_ESCE8_6_3_G1.jpg

o compitió con nadie. A diferencia de lo que se estila en las democracias verdaderas, no hubo elección alguna dentro de su partido para nombrarlo candidato. Ni siquiera una consulta entre la cúpula que lo dirige. La presidencia de Nicolás Maduro, una vez que el por entonces presidente de la república víctima de una enfermedad terminal emitiera su último suspiro, es el resultado de un capricho personal. 

Como ocurría en las monarquías y en Cuba una vez que Fidel Castro se hizo minusválido y designó a su hermano Raúl como sucesor; en Corea cuando Kim Il-sung, el "presidente eterno", a su hijo Kim Jong-un; o en Nicaragua con la saga de los dictadores Somoza, a Nicolás Maduro lo impuso como candidato oficialista, en un indiscutible abuso de poder, el dedo omnipotente de Hugo Rafael Chávez. 

Fue una decisión arbitraria. Soberbia de moribundo. Orden cuartelaria dictada en público a la dirigencia de su partido político frente a las cámaras de televisión. Gesto mortuorio del hombre que más poder ha concentrado en toda la historia de Venezuela. Último capricho. Equivoco final. 

Porque, lo sabemos ahora que el país mayoritario expresa una profunda aversión por un hombre que a todas luces se está convirtiendo en el ser humano más despreciado de nuestra historia patria, la decisión fue absolutamente desacertada. Maduro tiene todo de su lado para convertirse en el más incompetente de nuestros presidentes, el que más disparates ha pronunciado en público y el que, como ningún otro, ha dado pruebas de insuficiencia intelectual, incapacidad para tomar decisiones y capacidad inmensa para degradar nuestro idioma con su torpe manera de oficiarlo. 

Si nos dedicáramos a especular, pareciera que el presidente muerto lo hizo a propósito. Que, desde su inmensa vanidad personal, el desespero que le acompañó en su corta vida para convertirse en una figura mítica a la manera del Che o de Eva Perón hubiese mirado entre sus fichas cercanas a ver cuál era el más incompetente, el que menor auctoritas tenía sobre sus correligionarios, y a partir de esas cualidades, calculando quién le haría menos sombra a su figura histórica, tomó la decisión. 

Ya no hay vuelta atrás. Por más que Jorge Giordani, el sacerdote de la planificación socialista en la era Chávez, trate de salvar la responsabilidad del teniente coronel y su equipo, y de inculpar de la tragedia económica y moral que estamos viviendo los venezolanos solo a Nicolás Maduro y el suyo, a pesar de nuestra amnesia colectiva, el país entero sabe quién llevó a Maduro a la presidencia. 

La más notoria y reciente torpeza así lo confirma. Haber declarado públicamente que la única manera de liberar de su prisión a Leopoldo López, uno de los dos máximos líderes de la unidad democrática venezolana, era canjearlo por el independentista puertorriqueño Oscar López Rivera lo ha dejado al desnudo ante la opinión pública internacional. 

Con una sola frase el hombre que dirige el país ha confesado, primero, que López es "su" secuestrado personal, que él puede disponer sin consultar con ningún otro poder, ni siquiera con la Asamblea Nacional o el Tribunal Supremo, su destino: canjearlo, liberarlo o dejarlo por el tiempo que quiera en prisión. En segundo lugar, ha puesto en evidencia, otra vez, que el sistema judicial, todos los jueces, y en particular la que lleva el caso López, no son autónomos, solo títeres al servicio de Miraflores. Y, en tercer lugar, ha confirmado lo que todos sabemos, que la Constitución es letra muerta para los gobernantes rojos, porque en ella ni en las leyes que la regulan aparece la figura del canje de presos políticos. 

A Maduro y su equipo les está ocurriendo lo peor que le puede pasar a un activista político convertido en gobernante: terminar oficiando de la manera más indigna, desde el poder absoluto, aquellas violaciones de los derechos humanos que alguna vez condenaron cuando eran de oposición. Las cárceles venezolanas, llenas de presos políticos, vejados unos, torturados otros, violados sexualmente muchos, sin debido proceso todos, así lo confirman. 




jueves, 18 de diciembre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 14 DE DICIEMBRE DE 2014SIETE DÍAS/7
 

Siete Días

La revolución es Nike 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


. No era una cola cualquiera. Pero funcionaba más o menos como todas las que se hacen al frente de tiendas en donde el gobierno rojo, aplicando una medida que se conoce como "precio justo", al día siguiente obligará a los dueños a vender su mercancía muy por debajo del precio de mercado. La operación se conoce eufemisticamente como "ventas supervisadas".

El ritual ya forma parte del paisaje urbano de las ciudades venezolanas. El gobierno anuncia una nueva toma de tienda y desde la media noche anterior los clientes potenciales comienzan a instalarse al frente. Como peregrinos que se pertrechan para un sacrificio religioso, centenares de personas llegan con sábanas para cubrirse, provisiones para no pasar hambre, iPods para entretenerse. Algunos llevan una buena dosis de alcohol y, todos, gruesos cartones que servirán de colchones para aguardar hasta amanecer.

Pero esta cola, la que vimos formarse durante varias semanas en la avenida Principal de Las Mercedes, tenía una particularidad. Quienes la hacían, gentes de escasos recursos pero no en pobreza extrema, mirada resignada y serenidad beatífica, no aguardaban como la mayoría por bienes de línea blanca: lavadoras, secadoras, neveras, microondas. Ni por los descomunales televisores de plasma: la joya de la corona, el trofeo mayor del consumismo de masas instigado por los rojos.

Los peregrinos de esta cola esperaban nada más y nada menos que los productos de una tienda Nike, una de las marcas más emblemáticas de la economía del imperio global. Eran consumidores especializados. Cada quien sabía qué quería: zapatos de goma, "Nike Air son los mejores", contaba uno de los que aguardan. "Camisas que absorben el sudor de inmediato", sugiere otro. "Botellas de agua con Hag Tag", explica alguno ratifi cando nuestra ignorancia del tema. "Morrales ultralivianos" y sobre todo muchas franelas y shorts, "originales, no chimbas", son algunos de los implementos a bajo precio por los que los hacedores de colas aguardan noches enteras, días y hasta semanas.

2. Todo empezó con el Dakazo. Ya se acercaba el día de las elecciones presidenciales de 2012 y Maduro parecía no tenerlas todas consigo. Alguien de su comando tuvo entonces una brillante idea: intervenir una tienda de ventas masivas de electrónica, Daka se llamaba y se sigue llamando; demostrar que recibía dólares preferenciales pero vendía a precios de dólar libre y proceder a hacer justicia expropiando la mercancía y vendiéndolo al "pueblo" a precios casi regalados.

Y así lograron una verdadera fiesta del consumo. Una especie de saqueo como los del Caracazo, pero pago. A precios irrisorios. El Estado convertido en Robin Hood le quita a quienes tienen mucho para dárselo a los desamparados de la Tierra.

Por razones del azar, en la semana que hoy concluye, antes de escribir estas líneas pude pasar por un lado y conversar de nuevo con los hacedores de cola en Daka. Los cuentos son alucinantes. Cada centro de venta se convierte en una especie de pequeño ecosistema de la corrupción. El local está tomado por un comando de la Guardia Nacional pero igual se comercia con los puestos y los tickets. Miembros de la Policía Nacional entran a tomar "lo suyo" sin hacer cola ni pedir número.

3. Este es el hombre nuevo del chavismo. No canta la Internacional pero distingue con exactitud un buen Samsung de una "chimbería" china. No hace trabajos voluntarios los fi nes de semana, pero invierte centenares de horas/hombre para adquirir un plasma. La inclusión chavista no es a través del Estado de Bienestar. No hay sistema de salud gratuito ni reformas estructurales -agua potable, recolección de desechos, empleo digno- para derrotar la pobreza. La inclusión del chavismo es través del consumo vía american way of life.

El chavismo inventó el "medio ciudadano", uno que tiene derechos pero no tienes deberes. Les dijo: "¿Para qué enseñarte a pescar si tengo dólares sufi cientes para comprarte el pescado?". Al final lo importante no es la ciudadanía, sino la fidelidad electoral. Igualado por lo que compra, el cliente chavista convertido en limosnero no es un ciudadano, es un consumidor. Su tarjeta de crédito es el voto.

domingo, 23 de noviembre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 23 DE NOVIEMBRE DE 2014SIETE DÍAS/4
 

Siete Días

Entre Marx y una niñera armada 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


n otros tiempos eran biberones, pañales, coches, chupones y afines los instrumentos de trabajo de un niñera. Ahora son pistolas y, seguramente en el futuro, ametralladoras y granadas, sus implementos cotidianos. Al menos si se trata de una niñera de la alta cúpula de los jefes chavistas.

Eso es lo que podemos deducir de las notas de prensa provenientes de Brasil que reseñan el proceso judicial que se le sigue a la niñera de Elías Jaua, actual ministro de las comunas, por el delito de tratar de introducir al país vecino una pistola oculta dentro de su equipaje.

No es un rumor. Es una información oficial. Tan oficial como la nota del canciller Brasileño expresando el malestar de su gobierno por lo que han considerado "la injerencia de Jaua en asuntos internos", luego de que el ex militante de la ultraizquierda ucevista viajara al Brasil a firmar un convenio del gobierno venezolano con el Movimiento de los Sin Tierra sin siquiera tener la cortesía de informar al gobierno vecino.

El descontento de los brasileños es similar al que ha expresado públicamente el embajador colombiano. Palabras más, palabras menos, el embajador ha hecho público su hartazgo frente a las reiteradas acusaciones de Nicolás Maduro quien trata de hacer culpable a los colombianos de cuantas desgracias les ocurren. Según la intuición policial de Maduro, sin pruebas, Uribe sería una especie de asesino en serie que ya se ha llevado en sus cachos diabólicos a varios altos dirigentes rojos y los paramilitares su brazo ejecutor.

El hartazgo ha llegado a la diplomacia colombiana en hombros del caso Serra. Y el embajador no sólo ha expresado su cansancio con las arbitrarias acusaciones. Ha ido más allá. Corriendo el riesgo de ser acusado de interferir en un proceso judicial interno, ha declarado que a Robert Serra, no queda duda alguna, no lo mataron los paramilitares colombianos, sino sus propios escoltas. Y ha agregado, con pruebas contundentes, que uno de los imputados, el "Colombia", no es precisamente colombiano como sugiere su apodo sino un legítimo natural de Venezuela..

La canciller colombiana ha tratado de suavizar las frases y pedirle prudencia. Pero el embajador sigue allí, lo que parece indicar que la canciller y el embajador juegan hábilmente el juego del policía malo y el policía bueno y que la diplomacia venezolana tiene que aceptarlo. Porque Venezuela y su gobierno rojo se han vuelto incómodos para los aparatos diplomáticos del mundo democrático.

La Unión Europea no termina de tomar decisiones drásticas, pero es obvio que saben con exactitud cómo, cuándo y dónde se violan todos los días los derechos humanos en nuestro país. Estados Unidos tiene identificados y vive a la caza de los narco generales del alto poder y hace lo imposible para encarcelarlos, pero se ve de manos atadas por los fueros diplomáticos con los que los rojos protegen a sus delincuentes favoritos.

Colombia y Brasil también hacen acrobacias para mantener fluidas las relaciones con su vecino. Colombia, por ejemplo, ha tenido, en algunas oportunidades, que simular desentenderse del más que obvio apoyo que el gobierno rojo le ha dado a la guerrilla terrorista de las FARC. Y la Fiscalía brasileña investiga el caso de los niños brasileños traídos a una lavadora roja de cerebros.

Pero la cúpula chavista no tiene regreso. Son incómodos, muy incómodos, para los gobernantes que se mueven dentro del marco de la legalidad. Hay algo en su arrogante altanería; en el rictus de amargura y desprecio que encaran cuando maltratan verbalmente a sus adversarios; en su afición por el mundo oscuro de la ilegalidad: el terrorismo y el totalitarismo, por los Gadaffi y Hussein, las FARC y ETA, que su sola presencia, como le ocurrió a Maduro en la Asambleas de la ONU en Nueva York, les hace abandonar la sala.

Parafraseando al novelista ecuatoriano Jorge Enrique Adoun,se puede decir que viven, como Serra, entre Marx y un escolta vestido, o como Jaua, entre Marx y una niñera armada, o para ser más fieles al título de Adoum, entre Marx y una pistola desnuda. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 02 DE NOVIEMBRE DE 2014SIETE DÍAS/6
 

Siete Días

Juegos democráticos 

TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


unto a José Gregorio Hernández y a ese prodigio de cuerdas llamado cuatro, el beisbol es uno de los excepcionales objetos públicos que no ha sido perturbado ­por lo menos aún no­ por la polarización política y el odio de clases que, como una enfermedad venérea crónica, corroe desde hace ya largos años el alma de los venezolanos.

El estadio de beisbol, y no estoy diciendo nada original, es uno de los pocos lugares donde el odio queda suspendido y en donde pensar diferente, pertenecer a bandos distintos, portar camisas y gorras de colores diversos, no convierte a las personas en enemigos, sino, como ocurre en las buenas democracias, en adversarios, competidores o, en casos extremos, rivales. Un bálsamo para un país crispado. Permanentemente a punto de irse a las manos. O a los tiros.

Claro, la naturaleza del juego ayuda. Juan Nuño, el filósofo venezolano nacido en España, solía explicar que una de las cosas que le da al fútbol ese clímax dramático y pasional que lo caracteriza es su tempo. El hecho de que en el fútbol el tiempo es el mismo que el de la vida. Es vertiginoso, nunca se detiene. 45 minutos en la cancha son los mismos 45 que transcurren en la calle. Y cuando el tiempo se agota, como en la vida, queda claro que ya viene la muerte. Que no hay nada que hacer. Es angustiante.

En el beisbol, como en el tenis, el tiempo en cambio es una abstracción. Un capricho Una banda elástica que se alarga y se achica arbitrariamente. Se desata cuando el pitcher pone el pie en el boxy se suspende, queda detenido, cada vez que uno de los participantes lo quiere. Lo puede detener el bateador para acomodarse el casco, el umpier para limpiar el home, o el manager para hablar con el pitcher.

En el beisbol tampoco hay muertes súbitas. No hay nada equivalente a la resolución por penaltis. La figura del empate es imposible. Alguien tiene que ganar y por eso en los registros se cuentan partidos interminables, incluido uno que duró 30 innings, 11 horas y 25 minutos.

Para darle más equilibrio aún, como las telenovelas, el suspenso del beisbol está hecho de descansos. Tiene capítulos. Breves reposos. Termina un inning y un equipo abandona el campo. El otro toma posesión. Es lo más parecido a la alternancia democrática. No hay una línea que, como ocurre en la frontera entre los países, defina dónde termina el territorio propio y comienza el del otro. El campo es común, solo cambian los roles. Eso significa que no hay invasiones territoriales.

Como el gol que es literalmente una penetración fálica en el campo enemigo. La carrera, en cambio, es una especie de viaje de ida y vuelta a casa. Uno de los profesores de la Escuela de Sociología donde estudié, López Sanz, decía que el juego era un equivalente a los relatos fantásticos. El pitcher es Cronos o Saturno, por eso está en una lomita, creando o deteniendo el tiempo, por encima de los demás. Y el bateador es un caballero andante que sale del home a enfrentar grandes obstáculos ­dragones, brujos, pantanos, en primera, segunda y tercera­ y si logra derrotarlos regresa triunfante a casa y es recibido por la comunidad como se merece, como un héroe.

Solo que en el beisbol cualquiera puede ser héroe porque, como en el jazz, a todos los jugadores les toca hacer un solo. Una banda de jazz es un equipo, claro está. Pero siempre hay un momento para que uno de sus miembros sea puesto a prueba, se destaque, sea escuchado. El bateador es así. En algún momento del juego estará solo frente a Cronos, como el trompetista o el baterista frente a la audiencia.

Tal vez por todo esto en la historia del beisbol que se remonta al siglo XIX no se registra nada equivalente a las barras bravas, al fenómeno de los hooligans, o a incidentes como la guerra entre El Salvador y Honduras que se supone fue desatada por un juego de fútbol.

Tal vez por eso hoy es un alivio mayor para los venezolanos. Tal vez un día nuestra vida política vuelva a parecerse más al beisbol y menos a la guerra fratricida. Tal vez.

domingo, 26 de octubre de 2014

Violencia y delincuencia anómica

autro image

Desde el punto de vista de un posible y necesario proyecto de reconstrucción nacional, pero incluso desde la propia continuidad del actual modelo, lo más grave que le ha ocurrido y le está ocurriendo a Venezuela no es el colapso económico: la inflación, el desabastecimiento, el déficit fiscal, las reservas.
Tampoco la asfixia de la vida democrática. La satanización de la protesta social; el número de dirigentes y activistas políticos presos, perseguidos, en el exilio o en régimen de presentación; los juicios a periodistas y directivas de diarios.
Lo más grave que está ocurriendo, lo que amenaza a mediano y largo plazo la convivencia y la cohesión social es, a nuestro juicio, la velocidad con la que crece la economía ilícita, la delincuencia organizada, las organizaciones paramilitares y la degradación interna de las policías y la institución militar, creando un poderío económico y un poder de fuego paralelo al del Estado, debilitándolo y exponiéndolo a la pérdida definitiva de uno de sus condiciones esenciales: ejercer el monopolio de la fuerza.
En el núcleo central del fenómeno hay una sumatoria trágica. De una parte, las grandes mafias que se han hecho de capitales descomunales, los carteles de drogas, contrabando de combustible y alimentos y la negociación multimillonaria con los dólares preferenciales de Cadivi, asociados a la jerarquía militar, cuadros altos y medios del gobierno y “empresarios”, así con comillas, a ellos vinculados.
Del otro, las agrupaciones paramilitares llamadas “colectivos” cuyo número y poderío armado han ido haciéndose públicos luego de las muertes de Juan Montoya y José Odreman, altos jefes de estas organizaciones, y del asesinato –la masacre, la han denominado algunos– de cinco de sus activistas en enfrentamiento con el Cicpc el pasado septiembre. Y junto a ellos el extraño entramado de abusos visible en las actuaciones del Cicpc y el Sebin y que muchos desde el propio sector oficial han comenzado a denunciar.
A esto hay que agregarle los fenómenos de delincuencia común organizada, como el de los “pranes”, capos locales que manejan el sistema penitenciario, o el de las bandas-empresas que controlan la industria del secuestro o la distribución de droga a escala barrial. Más la delincuencia común no organizada, que en su conjunto, ya lo sabemos, hace de nuestro país uno de los primeros en las estadística internacionales.
No debemos dejar fuera lo que podríamos llamar “delictividad cotidiana”, para designar todas esas formas de violación de leyes y normas, a falta de sanción convertidas en rutinas legales, como las que ofician a diario automovilistas, peatones y motorizados que cruzan con el semáforo en rojo, o estacionan o transitan sobre las aceras, la de los buhoneros que acaparan y venden más caro los productos que escasean, o los empleados de líneas aéreas del Estado que por un sobreprecio de 15% o 20% hacen el milagro de conseguir un asiento.
La anomia es un concepto de la sociología utilizado para designar una situación en la que las reglas sociales se han degradado o ya no son respetadas por los integrantes de una comunidad al punto de que no hay capacidad colectiva para distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo legal y lo ilegal, los derechos y los abusos. La violencia y la delincuencia en Venezuela evidencian la condición anómica creciente de una buena parte de nuestra sociedad.
El asunto es grave. Tanto que en su página semanal, en el diarioÚltimas Noticias, a propósito del enfrentamiento entre Cicpc y colectivos, José Vicente Rangel, periodista oficial y miembro de la cúpula en el poder, escribió que estamos ante “una situación en la que la delincuencia común y la policial se dan la mano, producto de un grave proceso de retroalimentación cuyo efecto más acusado es el descrédito de la institucionalidad”. Y agrega: “…confieso que me alarma que se subestime el fenómeno. Que se le soslaye para atender otros problemas que, si bien son importantes, no tienen el efecto letal de éste”. Una amenaza a la nación. Roja y no roja.

domingo, 19 de octubre de 2014

EL NACIONAL - DOMINGO 19 DE OCTUBRE DE 2014SIETE DÍAS/6
 

Siete Días

Paraguachón como síntesis

"La gasolina se extrae en el hombrillo frente a los guardias impasibles. 
Los de Venezuela y los de Colombia"



TULIO HERNÁNDEZ 
thernandez@el-nacional.com


. Era algo así como una pasarela de los más feos y destartalados automóviles del planeta. Todos de la misma generación. Los años setenta del siglo pasado. Conquistadores, LTD, Granadas, Malibús. A unos les faltaba el parachoque delantero. A otros, el trasero. Unos rodaban con el capó abierto porque recalentaban. Otros, sin parafangos. O con el vidrio trasero sustituido por un plástico y mucho tirro.

Llegué a ver incluso un chofer que manejaba sosteniendo la puerta con su mano izquierda para que no terminara de despegarse. Si se hubiese tratado de personas sería algo así como una procesión de desarrapados, tuertos, desdentados, mancos, amputados y jorobados. De inmediato pensé en Viridiana, la legendaria película de Buñuel.

Todo esto ocurría, hace exactamente un año, en Paraguachón, un punto extraviado de la geografía que hace de frontera por vía carretera entre Colombia y Venezuela. Entre el Zulia y el departamento de La Goajira. Eran más o menos las 12:00 del mediodía y bajo un sol inmisericorde, a unos 40° centígrados, kilométricas filas de motos, automóviles, camionetas pickup, camiones, gandolas y sus ocupantes aguardaban para atravesar la raya imaginaria que separa ambos países. Los vehículos encendidos, envueltos en el humo de los escapes, en medio de un asfixiante contrapunteo de cornetas.

Mientras caminaba entre los carros detenidos comencé a preguntarme a qué se parecía aquella escena catastrófica en medio de la cual, por razones que sería muy largo explicar, me encontraba como víctima y testigo. Al rato conseguí la respuesta: "Al ensayo general del fin del mundo".

2. Al atravesar la alcabala entendí de inmediato lo que ocurría. Aquellos carros moribundos, en otra época símbolo del nuevorriquismo venezolano, tenían algo muy valioso en La Goajira: unos tanques de gasolina gigantescos que modificados son capaces de cargar hasta cien litros. Por eso los mantienen con vida.

La descomunal cola se hace porque los autos setentosos van a ser ordeñados por los "pimpineros" colombianos. Una vez extraída la gasolina dan la vuelta en U para regresar de inmediato y así se va armando una especie de culebra que se muerde la cola y ya nadie puede transitar. El trancón es alucinante. Ni las 
inmensas gandolas con placas de Pasto o de Quito, ni las "chirrincheras" cargadas de goajiros y chivos pueden avanzar.

Solo se mueven los motorizados que, cual hormigas cargadas, atraviesan la alcabala llevando como parrilleros ­a la manera de un morral­ unos cilindros plásticos blancos, de más o menos un metro de alto por 50 centímetros de diámetro, por supuesto que cargados de gasolina. Cada motorizado lleva en la mano uno o varios billetes de a 100 que el guardia nacional de turno recibe a los ojos de todos como si se tratara de un impuesto oficial.

Porque aquí todo ocurre a los ojos de todos. La gasolina se extrae en el hombrillo frente a los guardias impasibles. Los de Venezuela y los de Colombia. Es una economía de gran escala. 20 litros, lo que cabe en una pimpina, que en Venezuela costaron menos de 4 bolívares, se convierten, como por arte de magia, en entre 1.200 y 1.400 bolívares, que los "gasolineros" de inmediato convierten en dólares en improvisadas mesas de cambio callejeras que exhiben, también impúdicamente, grandes fajos de dólares, bolívares y pesos.

Negocio redondo. Una ganancia de 600%. Para todos alcanza. Cada quien recibe su parte. Cuentan los lugareños que un guardia nacional puede pagar hasta 100 millones de bolívares para que lo asignen al puesto fronterizo.

3. Ahora que, de una parte, hemos comenzado a importar petróleo y gasolina, y de la otra, el precio del barril cae en el mercado internacional, he vuelto a recordar aquel encuentro. Porque en Paraguachón se sintetizan de manera dramática e impúdica los efectos deletéreos de cuatro grandes taras de la economía y la sociedad venezolana del presente: la dependencia absoluta de la renta petrolera, el control de cambio, el bajo precio de la gasolina y la corrupción generalizada. Dime qué controlas y qué dejas fluir libremente y te diré quién eres.